miércoles, 23 de enero de 2013
La Ley de Karma.
Karma, la ley infalible de la Retribución, es en suma, lo que nosotros llamamos más vagamente, y sin mucho creer en ella, la Justicia inmanente. Es una sombra demasiado vaga. Se manifiesta frecuentemente, es cierto, a continuación de actos monstruosos, de grandes vicios, de grandes desaciertos y de grandes iniquidades; pero raramente tenemos ocasión de comprobar que trata de miles de pequeñas injusticias, crueldades, infamias, mezquindades y desconfianzas, de la existencia habitual, aunque el peso de estos yerros mezquinos y continuos, pudiese ser pesado como el de más ominoso crimen. En todo caso, su acción, siendo más esparcida, más difusa, más lenta y más a menudo moral que material, escapa, casi siempre, a nuestra observación.
Karma, es pues, la Justicia inmanente. Un Dios enorme e inevitable como el destino; que está en nosotros como nosotros en él; que está con nosotros; que no es otra cosa sino nosotros mismos; que es lo que somos, tanto como fue y será lo que nosotros mismos. Nosotros somos pequeños y efímeros y él es grande y eterno. Nada puede ignorar, puesto que ha tomado parte en todo lo que juzga; y no nos juzga desde el fondo de nuestra presente ignorancia, sino desde lo alto, desde la altura, de lo que aprendemos más adelante.
De acuerdo con uno de los postulados básicos de Karma, a la hora de nuestra muerte, la cuenta parece cerrada; más no es así; sino que está dormida y despertará. Tal vez dormiremos millares de años en un estado que prepara a una reencarnación nueva; pero al despertarnos encontraremos irrevocablemente totalizados en el activo y pasivo; y nuestra Karma prolongará simplemente la vida que habíamos dejado. Continuaremos siendo nosotros mismos y asistiendo al ensanchamiento de consecuencias de nuestras faltas y de nuestros méritos y viendo fructificar otras causas y otros efectos, hasta la consumación de los tiempos en que todo pensamiento nacido en esta tierra concluye por extinguirse.
Karma es la entidad que el ser humano forma por sus actos y sus pensamientos y que le sigue, o más bien, le envuelve. Los pensamientos construyen el carácter, y las acciones su atmósfera. Sus cualidades y sus dones naturales se pliegan a él como resultado de sus ideas. Se encuentra envuelto en la tela que él mismo ha tejido. En tanto que los defectos llegan, le es posible modificarlos o devolverlos por fuerzas nuevas. Nada puede tocarle que no haya puesto en movimiento, ningún mal puede serle hecho que no haya merecido. Y en el desarrollo infinito de las eternidades, no encontrará nunca otro juez que sí mismo.
Nuestra preocupación es el acto y no sus resultados. Se debe ejecutar el acto en comunión con lo divino; o sea, viendo el Sí por doquier, renunciando a todo apego a las cosas; igualmente equilibrado entre los triunfos y los reveses. Es necesario ejecutar la acción conveniente, porque la obra es superior a la inercia y porque permaneciendo inactivo no mantendría ni siquiera la existencia del cuerpo. El mundo está sustentado por toda acción que no tiene más que sacrificio; es decir, el don voluntario de Sí, como objetivo; y en este don voluntario sin apego a las formas que el ser humano debe tener para ejecutar el acto. Es necesario ejecutar la acción con el fin único de servir a los demás. El que ve la inacción en el acto y la acción en la inacción, es un sabio entre los humanos; porque armoniza con los verdaderos principios, cualquiera que sea el acto que ejecute. Una persona así, que haya abandonado todo interés en el fruto de la acción, siempre contento sin depender de nadie, aunque haciendo acciones, es como si nada hiciese, pero amerita mucho más. El sabio, pues, feliz de todo lo que le sucede, libre de contrariedades; sin envidias, ecuánime en el placer como en el dolor; en los buenos como en los malos éxitos, puede obrar sin estar ligado a nada; porque no estando apegado no importa a lo que sea, todos sus pensamientos impregnados de sabiduría y todos sus actos llenos de sacrificios son como evaporados.
Si todo se transforma, nada perece o nada se aniquila en un universo que no tiene la nada y en el que la nada permanece inconcebible. Lo que llamamos la nada no sería, pues, más que otro modo de existencia, de persistencia y de vida; y si no se puede admitir que el cuerpo, que sólo es materia, sea aniquilado en su sustancia, no es menos difícil aceptar que, si estuviese animado por un espíritu, lo que no es muy posible discutir, éste espíritu desaparecería sin dejar ninguna huella.
Tal vez con un poco de valor y de buena voluntad nos sería posible, desde esta existencia, mirar más alto y más lejos; despojarnos un instante de este estrecho y torpe egoísmo que viene hacia sí, y decirnos que la inteligencia y el bien de nuestros pensamientos y nuestros esfuerzos esparcen en las esferas espirituales, no está perdido enteramente aún cuando no sea seguro por el pequeño grupo de pequeñas costumbres y de medianos recuerdos de que gozamos exclusivamente. Si las buenas acciones que habíamos hecho, las intenciones o los pensamientos altos o simplemente honrados que hayamos tenido se adhieren y logran en una existencia en donde no reconozcamos la nuestra, no es suficiente razón para estimarlas inútiles y negarles todo valor. Concierne recordar, de paso, que no somos nada si no somos todo; y saber, desde ahora, interesarnos en alguna cosa que no sea únicamente nosotros mismos y en vivir la vida más vasta, menos personal, menos egoísta que bien pronto y sin asomo de duda, cualquiera que sea nuestra ley, será nuestra vida entera, la única que cuenta y la única a la cual sea sabio prepararnos.
Karma recompensa el bien y castiga el mal en la prosecución infinita de nuestras existencias. Pero, desde luego, se preguntará ¿cuál es este bien y cuál es este mal; cuál es el mejor o cuál es el peor de nuestros pequeños pensamientos, de nuestras pequeñas intenciones, de nuestras pequeñas acciones efímeras con relación a la inmensidad sin límites del tiempo y del espacio?. No hay desproporción absurda entre la enormidad del salario o del castigo y la exiguedad de la falta o del mérito?. ¿Por qué mezclar los mundos, los dioses, las eternidades con las cosas que monstruosos o admirables desde luego, no tardan aún en los irrisorios límites de nuestra existencia, en perder poco a poco toda la importancias que le concedemos y en borrarse y en desaparecer en el olvido?. Es cierto, más es preciso hablar de las cosas humanas, a los seres humanos, y en la escala humana. Lo que llamamos bien o mal es lo que nos hace bien o mal; lo que molesta o nos aprovecha a nosotros o a los demás y mientras que vivamos en esta tierra con la pena de desaparecer, nos será necesario darle una importancia que no tienen en ellos mismos. Las más altas religiones, las más profundas especulaciones.
Las más altas religiones, las más profundas especulaciones metafísicas, desde que se trata de moral, de evolución y de porvenir humanos, fueron obligadas siempre a reducirse a las proporciones humanas y convertirse en antropomorfas. Hay una necesidad irreductible en virtud de la cual y a pesar de los horizontes que se extienden a todas partes, conviene dirigir sus pensamientos y sus miradas.
En nuestra esfera, ¿qué es en suma este mal que castiga Karma?. Si se va al fondo de las cosas desde luego, el mal proviene siempre de un defecto de inteligencia, de un juicio erróneo, incompleto, oscurecido o limitado de nuestro egoísmo que no nos hace ver más que las ventajas próximas o inmediatas de un acto dañoso a nosotros mismos o a otros, ocultándonos las consecuencias lejanas pero inevitables que tal acto siempre acaba por engendrar. Toda la ética en último análisis, no se apoya más que sobre la inteligencia; y lo que nosotros llamamos corazón, sentimientos, carácter, no es en efecto más que la inteligencia acumulada, cristalizada, adquirida o heredada, convertida más o menos inconsciente y transformada en hábitos o instintos. El mal que hacemos, no lo hacemos más que por un egoísmo que se equivoca y que ve demasiado cerca de sí los límites de su ser. Así que la inteligencia alza el punto de vista de este egoísmo, se extienden los límites, se ensanchan y concluyen por desaparecer. El terrible, el insaciable yo que nos oculta la cara del abismo pierde su centro de atracción y de avidez se reconoce, se encuentra nuevamente y se ama en todas las cosas. No creamos ciegamente en la inteligencia de los perversos que triunfan, ni en la felicidad que se cree hallar en el crimen. Habría que ver el reverso; o sea, la realidad a menudo dolorosa de tales éxitos; y porque además, esta inteligencia, bajo la forma de habilidad, de maña, de deslealtad, es la inteligencia especializada, canalizada y llevada por un estrecho circuito y como un chorro de agua comprimida, muy poderoso sobre determinado punto; más de ningún modo la inteligencia verdadera y general, grande y generosa. Desde que esta se descubre, hay necesariamente honradez, justicia, indulgencia, amor y bondad, porque hay horizonte, altitud, expansión, plenitud; porque hay conocimiento instintivo o consciente de las proporciones humanas, de la eternidad de la existencia y de la brevedad de la vida; de la situación del ser humano en el universo, de los misterios que lo envuelvan y de los lazos secretos que lo retienen a todo lo que no vemos en la tierra y en los cielos.
La falta de inteligencia es el mal real sobre la tierra; y si todos los seres humanos fuesen soberanamente inteligentes, ya no habría desgraciados. Karma no castiga; simplemente nos pone cerca de nuestras existencias y ensueños sucesivos al plan en que nuestra inteligencia nos había dejado, rodeados de nuestros actos y de nuestros pensamientos. Porque comprueba y registra, nos toma tal y como hemos sido hechos, nos da la ocasión para rehacernos, de adquirir lo que nos falta y de elevarnos tan altos como los más altos. Por supuesto que nos elevaremos forzosamente, pero la actividad o lentitud con que lo hagamos, depende absolutamente de nosotros. Una ley creciente, la evolución, que es la ley fundamental de todas las existencias que conocemos desde el infusorio hasta los astros. Alguna cosa no puede ser más que a condición de hacerse mejor o peor, de subir o de bajar; de componerse o descomponerse y que el movimiento es más esencial que el ser o la sustancia. Y esto es así porque así es. No hay nada que hacer, nada que decir, sino únicamente que comprobar.
lunes, 31 de diciembre de 2012
Petición al Año Viejo...
"¡¡Adiós 2012!!. Y gracias por tu ayuda. Espero que 2013 será tan bueno para mí como lo fuiste tú. No aparezco en las listas de la gente famosa ("Quién es Quién"), pero sí en la lista de los que aún siguen vivos, lo cual es más importante. Quiero agradecerte por ello, 2012; podría tan fácilmente haber sido una historia muy diferente.
¿Tienes alguna influencia sobre 2013?... ¡Ejércela!, ¡Bien!. Y, por favor, hazme un favor más y pídele que me otorgue las mismas oportunidades. Sabes que probablemente enfrentaré momentos difíciles, que mi corazón podría sufrir, mi salud quebrantarse, mis seres queridos alejarse y que mi paz interior, mantenida bajo tu reinado, podría romperse en algún momento del 2013; así que pídele que mantenga mi suerte calientita, lista, a fuego lento, hasta que la necesite.
Nuevamente, 2012, ¡gracias por tu ayuda!. Que Dios te bendiga, año 2012."
lunes, 24 de diciembre de 2012
domingo, 16 de diciembre de 2012
La Gran Revelación II
Las revelaciones de los libros sagrados de las culturas ancestrales, sean verdad indiscutible y científicamente comprobada por nuestras investigaciones, sea que una comunicación interplanetaria o una declaración de un ser sobrehumano no permita dudar más de su autenticidad, ¿qué influencia tendrían en nuestra vida?. ¿Qué transformarían, qué elemento nuevo traerían a nuestra moral y a nuestra dicha?. Muy poca cosa, sin duda, porque pasarán muy alto y no descenderían hasta nosotros, ni nos tocarán; nos perderemos en su inmensidad y, en el fondo, sabiéndolo todo; no seremos ni más felices ni más sabios que cuando nada sabíamos.
No saber a qué ha venido a la Tierra, he aquí la preocupación constante del ser humano. Y lo más probable es que la verdad real del universo, si la llegamos a saber algún día, será tan parecida a alguna de las revelaciones que, pareciendo enseñarnos todo, no nos enseñan nada. Tendrá al menos todo el carácter humano. Necesitará ser tan ilimitada en el tiempo como en el espacio, tan común y tan extraña a nuestro sentido como a nuestro cerebro. Cuanto más inmensa y alta sea la revelación, tanto más estará condicionada a ser cierta; y cuánto más se aleje de nosotros, tanto menos interesará. Nosotros ni siquiera podemos salir de este dilema: las revelaciones, las explicaciones o las interpretaciones muy pequeñas tampoco satisfarán porque las consideraremos insuficientes, y las que fueren muy grandes pasarán muy lejos de nosotros para atestiguarlas y alcanzarlas.
Todos sabemos que vivimos en el infinito; pero para nosotros este infinito no es más que una palabra seca y desnuda, un vacío negro e inhabitable, una abstracción sin forma; una expresión muerta que nuestra imaginación no reanima un momento, sino al precio de un esfuerzo agotante, solitario, inútil e infructuoso. De hecho, nos hemos estancado en nuestro mundo terrestre y en nuestros pequeños tiempos históricos, y cuando más levantamos los ojos hacia los planetas de nuestro sistema solar y ponemos nuestro pensamiento de antemano decepcionado, hasta las épocas nebulosas que precedieron la aparición del ser humano sobre la Tierra. De repente volteamos y deliberadamente tornamos sobre nosotros mismos toda la actividad de nuestra inteligencia y por una desgraciada ilusión óptica, cuanto más pierde su campo de acción, más creemos que lo profundiza. Nuestros pensadores y nuestros filósofos, temerosos de extraviarse como sus predecesores, no se interesan más que en los aspectos, en los problemas, en los secretos menos discutibles; pero si son los menos discutibles también, son los menos elevados y el ser humano se convierte en objeto de sus estudios, pero sólo como animal terrestre.
Hay una multitud de iluminados, más o menos inteligentes, las jóvenes y las señoras desequilibradas; los ingenuos que adoptan por anticipado y ciegamente lo que no comprenden; los descontentos, los guasones, los vanidosos, los ingeniosos que pescan a río revuelto; y en una palabra, toda la turba que se aglomera alrededor de toda doctrina, de toda ciencia, de todo fenómeno un poco misterioso, para desacreditar las primeras interpretaciones esotéricas, cuyo origen también, no está muy claro.
En el fondo, no estamos aclarando el enigma del misterio primordial, todo lo demás no se aclara más que por grados que parten del conocimiento relativo a la ignorancia absoluta. Es probable que será lo mismo para todas las revelaciones que se dirijan a la inteligencia humana mientras que viva sobre este planeta, porque la inteligencia tiene límites que ningún esfuerzo podrá traspasar. Mientras tanto, es cierto que estos grados, que no conducen a nada, en verdad lo han colmado y, desde los primeros días, conducido al más alto punto que haya esperado, y que pueda esperar alcanzar. La más antigua explicación abraza desde el primer golpe todos los ensayos de explicaciones propuestas hasta ahora. Concilia el positivismo científico con el idealismo más trascendental; admite la materia y el espíritu, concede la impulsión mecánica de los átomos y de los mundos con su dirección inteligente. Nos da una divinidad incondicional, acusa sin causa de todas las cosas, digna del universo, que ella misma es y de las que la han sucedido en todas nuestras religiones, no son más que miembros esparcidos, mutilados y desconocidos. Ella nos ofrece, por fin, a través de su ley de Karma, en virtud de la cual cada ser lleva en sus vidas sucesivas las consecuencias de sus actos y se purifica poco a poco; el principio moral más alto, el más justo, el más invulnerable, el más fecundo, el más consolador y el más lleno de esperanzas que sea posible proponer al ser humano. Por cuya razón parece que todo amerita que se le examine, que se le respete y que se le admire.
sábado, 15 de diciembre de 2012
La Gran Revelación
Desesperamos por llegar a conocer el origen del universo, su fin, sus leyes y sus intenciones, y concluimos por dudar que las haya. Más sabio sería decirnos humildemente que aún no estamos en aptitud de concebir tales ideas. Es probable que si mañana se nos entregase la clave del enigma, nos sucedería lo que a un perro al que se le enseña la llave de un reloj de la que no comprenderá su uso. Revelándonos su gran secreto, no nos enseñaría gran cosa; o al menos, tal revelación, no tendría más que una influencia insignificante en nuestra vida y en nuestra moral; en nuestra felicidad, esfuerzos y esperanzas, porque al extender sus alas se cernería a tal altura que nadie la percibiría y sólo despejaría el cielo de nuestras ilusiones religiosas dejando en su lugar el vacío infinito del éter.
Por lo demás, nadie ha dicho que no seamos poseedores de esa revelación, porque es posible que las religiones de los pueblos desaparecidos, como Lemures, Atlántida y otros más la hayan conocido; y que nosotros descubramos los escombros en las tradiciones esotéricas llegadas a nuestro conocimiento. En efecto, no hay que olvidar, que al lado de la historia secreta de la humanidad que saca la sustancia de sus leyendas, de los mitos jeroglíficos y monumentos extraños; de escritos misteriosos y del sentido oculto de los libros primitivos. Es muy seguro que si la imaginación de los intérpretes de esta historia oculta es a menudo atrevida, todo lo que afirman no es desdeñable y merece ser examinado más seriamente de lo que ha sido hasta ahora.
Los iniciados siempre han considerado cada continente como un ser sometido a las mismas leyes que el ser humano. Para ellos, los minerales constituyen la osamenta; la flor, la carne; la fauna, las células nerviosas; y las razas humanas, la sustancia gris del cerebro. Este continente no sería más que un órgano de la Tierra del que cada ser humano sería una célula pensante y de los que la totalización de los pensamientos humanos expresarían el pensamiento general. La Tierra misma, no sería más que un órgano del sistema solar considerado a su vez como individuo, y nuestro sistema solar también no sería más que un órgano de otro ser del infinito, del que la estrella Alfa de la constelación de Aries vendría a ser el corazón. En fin, por una síntesis última, se llega al Cosmos, que expresa la totalización general de todo, en un ser del que el cuerpo es el mundo; y el pensamiento, la inteligencia universal, divinizada por la religiones.
La evolución universal es una cadena sin principio ni fin, en la que desaparecen los eslabones, uno a uno, en el campo de nuestra conciencia. No hay muerte ni disolución, más que desde el punto de vista individual. La oscuridad es la recompensa de la luz; la tarde compensa la mañana; la vejez es el precio de la juventud; y la muerte es el reverso de la vida. En realidad, sin embargo, toda evolución es continua al mismo tiempo que interrumpida. Es el acceso directo a la ley del Karma, la más admirable entre los descubrimientos morales, porque representa la libertad abstracta; y basta para libertar la voluntad humana de todo ser superior y del infinito. Somos nuestros propios creadores y únicos señores de nuestro destino: nadie más que nosotros se recompensa o se castiga; no hay pecado sino solamente consecuencias; no hay moral, sino únicamente responsabilidades. En virtud de esta ley soberana, el individuo debe renacer para cosechar lo que ha sembrado.
sábado, 17 de noviembre de 2012
El contenido de las cartas.
Fragmentos de la Megacarta
(escrita en algún momento del siglo pasado)
“Escribir. Esgrimir la pluma sobre el papel y continuar con esta aventura anímica por demás que significa traducir en signos de lenguaje mis ideas de lenguaje. Ante todo, expresarme; ese es mi reto. Remover la cabeza, el cerebro, organizando y comprendiendo las impresiones, las emociones, las visiones, las ideas y las conclusiones, para después practicar la sencillez y la claridad, al momento de escribir mis ideas y mis mensajes.
Confieso que no siempre logro escribir con sencillez y claridad, y siempre me sorprende y me emociona la gente que se expresa con maestría y estilo propio como tú--. Mi escritura, como mi lenguaje, son los verdaderos reflejos de mi pensamiento. Se notan tan estables o inestables como mi espíritu; y al fin corresponden exactamente a mi estado anímico, a mis esperanzas, mis decepciones, mi felicidad o mi amargura.
Como sea, la escritura significa para mí una de las formas más contundentes de desarrollo y crecimiento. Puedo decir que ha sido, y es, mi tabla de salvación. A través de las letras ha tomado forma una parte fundamental de mi persona y representa una de las ventanas de expresión y desahogo de mi alma. Y no solamente en desahogo; también en medio de comunicación y uno de los vínculos más estrechos con los que busco y puedo unirme a las personas que me son importantes. Sea pues, aceptada esta escritura, como una parte de mí y de mi cariño y amor.
Escribo esta serie de notas con el ferviente deseo de estar junto a ti cada vez que las leas; con la firme decisión de acompañarte y el contundente convencimiento de que sientas el calor de la parte de mi amor que para ti se vierte en cada letra. En otra dimensión, también escribo para ti, acaso escribiendo para mí, para sentirte cerca cada vez que lo hago; ya que la única forma de apoderarnos hondamente de los seres, de las cosas y de los ambientes que tratamos, usamos y amamos es volviendo a ellos a través del recuerdo, o inventándolos al darles un nombre, o al escribir para ellos o sobre ellos.”
[...]
“Pienso brevemente en los meses o años previos a nuestro encuentro. Vidas en desarrollo, fabricando y matizando circunstancias. Pero al mismo tiempo, en el pozo profundo de nuestras esencias, algunos elementos maduraban en soledad, esa soledad, atributo de todo lo precursor. No existe otra clave más clara para explicar y entender la chispa surgida de la “feliz circunstancia” que significó nuestro encuentro.
Ahora sabemos que la emoción pasa por la abstracción y que el análisis sirve a la pasión. La pasión sirve y estimula la reflexión, cuyas complejidades y matices permiten a las impresiones, convertirse en ideas. El fundamento de nuestro trato es el diálogo, el arte del debate profundo, que lleva a la reflexión más densa. Transcurrimos con sutileza del juego intelectual al debate filosófico, el cual se eleva cada vez; el pensamiento surgido de nuestro diálogo se generaliza; entonces las explicaciones sobre las nimiedades se anulan frente al gran pensamiento de nuestras reflexiones, nuestros comentarios y nuestras conclusiones.”
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