lunes, 21 de septiembre de 2009

Responsabilidad


Hay un tipo de persona que debería ser inmortalizada el bronce y su estatua colocada en todas las escuelas del país. No es erudición lo que necesitan la niñez y la juventud, ni enseñanza de tal o cual cosa, sino la inculcación del amor al deber y a la responsabilidad, la fidelidad a la confianza que se les deposita, el actuar con prontitud, el concentrar todas sus energías: hacer bien lo que se tiene que hacer… cumplir con su responsabilidad.

Toda persona que ha tratado de llevar a cabo una empresa, en la cual necesita la ayuda de muchos otros, con muchísima frecuencia se ha quedado azorada ante la estupidez de la generalidad de los demás, ante su incapacidad o falta de voluntad para concentrar sus facultades en una idea y ejecutarla.

Lo reglamentario parece ser la incuria, la negligencia, la indiferencia y la desgana en el trabajo. Y nadie triunfa a menos que los otros le ayuden; a menos que un hecho providencial ponga en el camino de algún afortunado a un ángel de la responsabilidad.

Esta incapacidad para actuar independientemente, esta torpeza moral, esta enfermedad de la voluntad, esta renuncia a hacerse cargo de las cosas y ejecutarlas es lo que ha relegado a un futuro lejano a la idea de una sociedad solidaria, responsable y en sintonía con el progreso. Si no mueve a las personas ni su propio interés, ¿cómo habrá de proceder cuando el producto de sus esfuerzos sea para todos, y deba repartirse?

Pareciera que hace falta un capataz armado de un pesado garrote. El temor de que su conducta influya sobre la nómina salarial retiene a muchos en su sitio. Pero si publicamos una anuncio solicitando una secretaria, nueve de la diez que se presenten no sabrán ortografía, ni la juzgarán necesaria. ¿Podría alguna de éstas cumplir con su responsabilidad?

Conozco a muy buenos contadores y otros profesionistas que, no obstante su preparación, si se les asigna alguna otra diligencia son incapaces de cumplir con ella sólo porque no está en su esfera de especialidad. ¿Se les puede confiar alguna verdadera responsabilidad?

Últimamente, entre los legítimos buscadores de empleo, está muy en boga una cierta autocompasión por los enternecedores lamentos de los desheredados esclavos del salario, que van en busca de empleo con ecos acompañados de maldiciones para los que están “arriba”. Y a la expresión de tales sentimientos suelen acompañarla duros ataques contra los que mandan.

Nadie compadece a muchos de los que intentan implementar ideas y proyectos. Muchos envejecen prematuramente esforzándose en vano para conseguir que algunos, aprendices chambones ejecuten bien un trabajo, ni a nadie le importan el tiempo y la paciencia que pierden en educar a sus empleados en sus quehaceres, empleados que flojean en cuanto en jefe vuelve la espalda.

Y en cada tienda, en cada oficina, en cada fábrica, es incesante el proceso de eliminación de los incompetentes. Se prescinde de quienes han demostrado su incapacidad, y se toman nuevos empleados. La selección continúa aún en épocas prósperas, pero si los tiempos son malos y el trabajo escasea, se hace más severa. Se trata de la supervivencia de los más aptos. Su propio interés induce al jefe a conservar a los mejores, a los capaces de cumplir su responsabilidad.

Conozco a un personaje dotado de brillantes cualidades, pero inepto para administrar cualquier negocio propio, y absolutamente inútil para los demás, porque no prescinde nunca de la insensata idea de que su jefe es dominante y pretende dominarlo. No sabe mandar, ni siquiera obedecer. No es una persona responsable. Ahora mismo recorre dicho personaje la calles en busca de trabajo. Nadie que lo conoce se atreve a emplearlo porque sabe que es un eterno descontento. No admite razones. Lo único que puede convencerlo es un buen puntapié.

Un individuo víctima de tal deformación moral merece, naturalmente, tanta compasión como quien padece deformaciones físicas. Pero que nuestra compasión alcance también a quien lucha por sacar adelante una idea, un proyecto, una empresa; a quien sus horas de trabajo no están limitadas por el horario de salida y cuyo cabello encanece rápidamente en su esfuerzo por mantener a raya la indiferencia, la ineptitud y la ingratitud de quienes, a no ser por el esfuerzo de ese personaje, carecerían de pan y techo.

¿Son demasiados severos estos términos? Tal vez sí. Pero cuando todo el mundo ha prodigado su compasión por el necesitado inepto, es necesario pronunciar una palabra de simpatía por quien ha triunfado luchando con grandes obstáculos, dirigiendo los esfuerzos de otros y, después de haber vencido, se encuentra con que lo que ha hecho no vale nada, sólo la satisfacción de haber ganado su pan.

La pobreza en sí no constituye una cualidad, los harapos no son recomendables, ni recomiendan por ningún motivo. No todos los jefes son rapaces ni tiranos, ni tampoco todos los pobres son virtuosos.

Admiro a la persona que cumple con su deber, tanto cuando está ausente su jefe como cuando se encuentra presente. Y a quien cumple su responsabilidad con toda calma, seguridad y temple, sin hacer preguntas ociosas, ni abrigar la intención de hacer todo al aventón; esta persona jamás encontrará una puerta cerrada, ni necesitará armar huelgas, marchas, protestas, plantones, ni arengas para procurarse un aumento de puesto o de sueldo.

Esta es la clase de personas que se necesitan y a las cuales nada puede negarse. Son tan escasas y valiosas, que ningún patrón consentirá en dejarlos ir.

La civilización está hecha de una anhelante y prolongada búsqueda de este tipo de individuos. Cuanto piden se les concede. Hay necesidad de ellos en cada ciudad y en cada oficina, taller o fábrica, incluso en cada hogar. El mundo clama por tales personas; se les necesita… se necesita apremiantemente al individuo capaz de cumplir sola y cabalmente con su responsabilidad.

domingo, 6 de septiembre de 2009

El enigma del progreso


Estamos engullidos en un universo sin límites, lo mismo en el tiempo que en el espacio, que nada ha comenzado que no tenga un término; y en el pasado como en el porvenir hay tantos miles de millones de años como pueda uno imaginarse en el insondable infinito, que la extensión de la eternidad de ayer, lo mismo que la de mañana, son exactamente idénticas. Todo lo que hará este universo debió haberlo hecho ya, dado que ha tenido muchas ocasiones para hacerlo y aún las tiene y las tendrá, que todo lo que no ha hecho es porque no podrá hacerlo nunca; porque que no hay nada en el tiempo ni en el espacio que deba agregarse ni aumentar lo que ya posee. Necesariamente ha intentado todo género de esfuerzos antes y todas las experiencias que intentará mañana, que todo lo que ha ocurrido, habiendo tenido las mismas oportunidades, es exactamente igual a lo que sucederá.

Pero si el número de combinaciones es realmente infinito, se puede decir que la tierra es una experiencia incompleta, puesto que tanto el mal como el dolor la llevan aún lejos del bien y la felicidad. Si la experiencia falta, nosotros seremos las víctimas; pero esto no impide esperar que nuestros esfuerzos cambiarán algo hacia combinaciones que serán mejores en otros lugares o en otros tiempos. Si la experiencia falta, esto no quiere decir que otros no hayan tenido éxito y que en este mismo instante no sean más felices en otros mundos diferentes. Y aún cabe suponer que en el infinito de sus combinaciones y experiencias, los más felices tiendan a fijar y a palpar esa realidad, y que en vista de lo infinito del número, triunfarán en el porvenir en lo que no pudieron triunfar en el pasado.

¿Quién habría osado prever que sobre esas rocas y metales liquidados habría de nacer un ser que se habría de hacer el dueño y señor del globo, bajo la denominación de la inteligencia y la conciencia humana?

¿Es posible concebirse una evolución tan sorprendente como inesperada? ¿Qué podrá sorprendernos después de tan sorprendentes resultados? ¿No estamos capacitados de esperar cosas más grandes y sorprendentes aún, después de lo que ha pasado? ¿Si este mundo ha salido de una especie de negación de la vida, de la esterilidad integral y peor que la nada para terminar en nosotros, a dónde irá a parar después de nosotros? Si su nacimiento y su formación se elaboraron en medio de tales prodigios, ¿qué maravillas no nos reservará su existencia, su prolongación indeterminada y su disolución?

Hay una distancia inmensa y transformaciones inconcebibles de la horrible y única materia desde los primeros días hasta el pensamiento humano del momento actual; y habrá, sin duda, una distancia parecida y también poco concebible entre el pensamiento de hoy y el que sucederá en el infinito de los tiempos.

Habitamos, si no un universo, al menos una tierra que todavía no ha agotado su porvenir y sus sorpresas; y que está más cerca de su principio que de su fin. La tierra apenas nació ayer y está en la primera etapa de sus esperanzas y de sus experiencias. Nosotros creemos que camina hacia su muerte y es todo lo contrario, pues todo su pasado nos demuestra que es mucho más probable que marche hacia la vida. En todo caso, a medida que pasan sus años, la cantidad y sobre todo la calidad de la vida que engendra y alimenta aumenta y se mejora. No nos ha dado más que las primicias de sus milagros; y probablemente no hay más relación de lo que es a lo que fue, ni de lo que es y de lo que será. Sin duda que cuando aparezcan sus más grandes maravillas no tendremos tal vez nuestra vida actual; pero bajo otra forma, nosotros estaremos allí, existiremos en alguna parte, en su superficie o en sus profundidades, y no es menos inverosímil que uno de sus últimos prodigios no nos saque del polvo en que existimos, nos despierte y nos resucite para hacernos gozar nuestra parte de dicha que no habíamos tenido y nos enseñe que estábamos errados al no interesarnos, más allá de la tumba, en los destinos de esta tierra de la que habíamos dejado de ser los hijos inmortales.

domingo, 23 de agosto de 2009

Actitud


Somos seres de la misma especie. Y todos nosotros, que no pensamos únicamente en llenar el estómago y la billetera, ¿qué esperamos? Esperamos que las cosas vayan mejor, que nuestro país progrese, que los seres humanos –pocos o muchos— mejoren. En el fondo del gozo que construimos con la convivencia se encuentra algo más que una particular alegría, mutua y personal, que sólo somos capaces de otorgar, recibir y disfrutar en el ejercicio de la convivencia, como mecanismo para enriquecer la verdad y la esencia humanas.

¿Cómo entendemos ese mejoramiento de los seres humanos? Ante todo, como mejoramiento material. Que las personas estén más sanas, que no deban matarse o embrutecerse en el trabajo, que no empiecen a carecer de lo necesario y que dispongan de aquellas cosas superfluas que nosotros mismos poseemos o queremos poseer. ¿Y después? Mejoramiento moral también, e intelectual. Deseamos que las personas –todas— sepan leer y escribir, que lean buenos libros y que aprendan a razonar correctamente, con sofismas, con ilusiones.

¿Y luego? Aquí es donde se encuentra mucha de nuestra razón de ser y donde se explica gran parte de este modo de enfocar la vida. Esos seres humanos que tienen qué comer, que pueden reposar y que saben razonar, ¿deben detenerse ahí?; ¿no deben vivir mejor, de formas más racional, más semejante a lo que deseamos para nosotros mismos y que ya en parte intentamos realizar nosotros, que somos, hasta cierto punto privilegiados del espíritu?

Existen cosas que, en lo privado y en lo social, debemos perpetuar en y entre nosotros mismos. Cuanto hacemos para procurar que los demás vivan contentos y tranquilos lo hacemos para que las almas disfruten al fin de la libertad de vivir, de vivir por su cuenta y no solamente para ayudar –bajo formas de razón, juicio, ingenio, etc.--- al cuerpo a desembarazarse de pesadas cargas.

La filosofía consiste en un modo particular de contemplar y de sentir el mundo. Y es el único modo de verlo que puede hacerlo soportable y magnífico en todas sus partes. En esencia, nos une la misma filosofía, una fuerza básica de la que depende nuestra estabilidad más interna y que sólo podemos activar entre seres afines y que nos hace, más allá de nuestro público actuar, poetas y visionarios, guías mutuos y receptores de nuestra magia y sensibilidad.

¿Qué significa que veamos y sintamos poéticamente el mundo? Significa precisamente verlo como lo ve un espíritu desinteresado, que se siente en aquel momento libre y puro; es decir, únicamente espíritu, alejado de toda ocupación y preocupación material, corporal y social. Significa poder gozar sin prevenciones, de la belleza del mundo; saber ver la belleza hasta de lo que parece más mezquino, más ruin, más horrible; significa captar las relaciones, las armonías que no sean las acostumbradas concatenaciones de causa y efecto, de utilidad o perjuicio, a través de las cuales vemos de continuo la realidad para nuestras necesidades prácticas; significa, en suma, relajación y reposo, desahogo del ánimo y del corazón.

Es necesario saber ver poéticamente, de vez en cuando, cuanto nos rodea. El mundo es algo espléndido, magnífico, hasta en sus manifestaciones más horribles y dolorosas. Pero la vida ordinaria tiende a obligarnos a atravesar durante toda la existencia, camino adelante, sin mirarlo, sin sentirlo. Servirse de él pero sin gozarlo. El mundo se nos aparece como un bazar atestado de cosas excelentes, una reserva de fuerzas que pueden ser utilizadas en cualquier momento; pero nunca, o casi nunca, como un espectáculo digno de ser contemplado para alegría y consuelo nuestro. Vamos avanzando, encorvados bajo nuestra propia carga, excitados por nuestro propio trabajo.

Pero debería haber para todos momentos de tregua y de reposo, en los que la realidad no debería ser sencillamente un campo que ha de fructificar, sino de belleza multiforme que se ha de descubrir. Para esta tarea es que nos necesitamos los unos a los otros. Deseo solamente un poco de poesía cada día; una poesía llena de comunión en la palabra, los sentidos, la conversación de las ideas, las emociones y el amor bautizado por el cariño y la compañía; mi poesía cotidiana, necesaria al espíritu como el pan es necesario al cuerpo.

En contacto con algunas personas esenciales, siento líricamente cómo los pequeños objetos de la vida me hablan de los placeres vividos que ya pasaron, como todos los placeres, y con su armonía de tonos y de colores me consuelan del pensamiento del fluir inevitable de todas las cosas. ¿Ocio? De ningún modo. También esto es trabajo, y un trabajo nada fácil. Es un trabajo distinto. Un trabajo que descansa, un trabajo del espíritu para el espíritu, sin fines bastardos, físicos o comerciales. Es el trabajo al que aspira todo ser humano que quiere vivir verdaderamente y no solamente preparar los medios para vivir. Es uno de los poquísimos trabajos de los que se puede decir, sin hipocresías moralistas, que ennoblece al ser humano.

La esencia individual de cada uno se unifica con aquella incluyente de la especie: se trata de volver a amar todas las cosas más sencillas y primitivas, mucho más atrayentes y descansadas de los sistemas y las frases. No se trata de saber; se trata de sentir, de intuir, de gozar, de amar.

domingo, 9 de agosto de 2009

Concepto e Idea de la Religión 3/3
Existe naturalmente un solo Dios, que es la esencia humana, la naturaleza; una sola verdad, que cada pueblo, cada época, cada individuo interpreta a su manera, y para la cual surgen continuamente formas nuevas.

Siempre, en todas las épocas de la historia, en todas las religiones y formas de vida, hay las mismas experiencias típicas y siempre en el mismo orden: pérdida de la inocencia, esfuerzo por alcanzar la justicia bajo la ley, desesperación correspondiente en una vana lucha para vencer la culpa por medio de obras o a través del conocimiento, y finalmente, huida del infierno y entrada en un mundo transformado y en una nueva clase de inocencia. La humanidad se ha representado centenares de veces esta evolución con ayuda de grandiosos símbolos. Todas las religiones conocen estos ideales: la perfección, la inmortalidad, sin dolor y sin mácula.

Puede haber mil maneras de consumar la individualización y la historia psíquica del hombre, pero el camino de esta historia y su progresión son siempre los mismos. Observar cómo las más diversas clases de hombres viven, luchan y soportan este camino, es la pasión más absorbente de historiadores, psicólogos y poetas. Quien encuentra su personalidad, ya sea por el camino de Buda o de los Vedas o de Lao-tsé o de Cristo, está en su ser más íntimo unido al Todo, a la esencia humana, a la naturaleza, a Dios, y actúa de común acuerdo con ello.

Algunos dicen que la búsqueda de la personalidad es menos importante que encontrar las relaciones justas para con los demás. Pero es que ambas son la misma cosa. Quien busca la auténtica personalidad, busca al mismo tiempo la norma de toda la vida, pues esta personalidad más íntima es igual en todos los seres humanos, es la esencia humana, es la naturaleza, es Dios, es el “significado” de la vida.

Existen muchos cientos de millones de seres humanos de todas las razas y lenguas, que creen en un Dios vivo y le sirven. El Dios de estos creyentes, cualquiera que sea, es seguramente para muchos de sus fieles (no para todos) el único Dios vivo, y todos lo otros dioses están muertos. Por ejemplo, el Dios de los judíos no es ---aún para todos sus creyentes--- ciertamente aquel Dios que hizo hombre a su Hijo. Y todos los dioses que adoran los mahometanos, los hindúes, los tibetanos, los japoneses, son muy diferentes a cualquier otro, y pese a ello están todos muy vivos, son muy activos, cada uno de ellos ayuda a innumerables seres humanos a sobrellevar la vida, a santificarla, a resignarse al dolor y a enfrentarse con la muerte.

A todos estos millones de creyentes piadosos que buscan consuelo, dignidad y santificación para su vida, Dios vivo se le ha revelado de modo distinto, en cada caso.

Las religiones y mitologías, al igual que la poesía, son una tentativa de la humanidad para expresar en imágenes aquellas cosas indecibles. Existe una mesa, una silla, un pan, un vino, un padre, una madre, pero cada pueblo y cada civilización los llama de un modo distinto. Lo mismo ocurre con Dios, con la piedad, con la fe. Griegos y persas, hindúes y chinos, cristianos y budistas, creen lo mismo, pero no emplean para designarlo el mismo nombre que nosotros.

En el pensamiento político de personas progresistas, el nacionalismo es algo que ya pertenece al pasado; en cambio, en las religiones predomina todavía la creencia infantil en la validez única de la propia fe. Hace tiempo que la ciencia ha reconocido la unidad de todas las formas de fe que hay en el mundo; la investigación de las religiones ya no admite ninguna religión como la única verdadera.

Por lo tanto, la humanidad, aunque esté dividida en razas y culturas dispares e incluso hostiles, constituye una unidad y tiene posibilidades, ideales y objetivos comunes. El mundo entero y todo cuanto éste contiene es una unidad divina.

La verdadera toma de conciencia personal es el reflejo de la totalidad en lo individual. Desde este punto de vista, el verdadero hombre religioso debe tener la disposición personal para seguir los métodos de afirmación de su personalidad, de la propia toma de conciencia y de la propia realización en favor de todos cuantos nos rodean.

El milagro que los teólogos cristianos designan con el nombre de “gracia”, aquella divina experiencia de la reconciliación, de la sumisión, de la entrega voluntaria, no es otra cosa que el abandono cristiano de la personalidad o el reconocimiento hindú de la unidad.

Porque ni los Estados ni la fuerza han determinado el proceso de humanización que debe ser continuamente sostenido para que el ser humano alcance su madurez y cada vez sea menos necesaria la dominación del hombre por el Estado.

El error de nuestras preguntas y lamentaciones estriba probablemente en que nos gustaría recibir del exterior un regalo que sólo podemos conseguir nosotros mismos, con la entrega propia. Nos empeñamos en que la vida ha de tener un sentido, pero lo cierto es que tiene el sentido que nosotros somos capaces de darle. Como el individuo sólo puede hacerlo de modo imperfecto, en las religiones y filosofías se ha intentado dar una respuesta consoladora. Estas respuestas son siempre las mismas: la vida solamente encuentra sentido a través del amor. Es decir: cuanto más amamos y mejor sabemos entregarnos, tanto más sentido tendrá nuestra vida.

Es posible amar a Jesús y al mismo tiempo conceder todo su valor a los otros caminos de la bienaventuranza que Dios, la esencia humana o la naturaleza ha mostrado a los seres humanos. Creo que en todas las etapas de la vida de la humanidad nada será más importante y consolador para el hombre en su búsqueda de la verdad que la revelación de que los diversos colores, razas, lenguas y culturas se basan en una unidad, y que no existen hombres y espíritus diferentes, sino sólo Una Humanidad, sólo Un Espíritu.

lunes, 27 de julio de 2009

Concepto e Idea de la Religión 2/3
Yo nunca he vivido sin religión, y no podría vivir sin ella un solo día, pero he podido pasar toda la vida sin ninguna Iglesia. Ciertamente, existe un credo, así como la fe, pero no la fe en una religión, en un determinado dogma religioso y, menos aún, en una Iglesia determinada.

Ese credo, y esa fe, persiguen otro fin: creer en los seres humanos ; creer en las leyes de la humanidad, que son milenarias; creer que, pese a su aparente absurdo, la vida tiene un sentido. Percibo este sentido en mi interior e intentaré realizar cuanto la vida exija de mí en tales momentos, incluso aunque vaya contra las modas y leyes establecidas.

Como ya afirmé antes, nunca he podido ser miembro de ningún grupo, asociación, club o congregación, ni partidario de uno u otro personaje. Para mí, la vida y la historia sólo tienen sentido y valor total en la diversidad con que la esencia humana, la naturaleza o Dios se presenta en inagotables configuraciones. Y por eso amo y respeto no sólo a Buda y a Jesús en el mismo templo, sino que puedo amar a tratar de comprender a Kant junto a Spinoza y a Nietzsche junto a Görres, no por ansia de cultura o pedantería, sino simplemente por el gozo de contemplar la diversidad del Ser Unico, la riqueza de colores que existe entre Aristóteles y Nietzsche, entre Palestina y Schubert, y que, cuando uno está seguro del Ser Unico, presta a la vida su conmovedora belleza y su variedad aparentemente irracional. Por esto, junto a los espíritus de la libertad y la libre investigación, nunca he podido prescindir de aquella silenciosa grandeza cuya libertad jamás estuvo al servicio de la inteligencia y cuya fe y subordinación de lo personal siempre fue, y es, una necesidad profunda del corazón.

Y es que ante la esencia humana, la naturaleza o Dios ---llámese como se quiera--- todo es lo mismo, se trata sólo de una diversidad aparente, las contradicciones no lo son más que en apariencia. Creo que la gracia, o el tao, o como queramos llamarla, está siempre a nuestro alrededor ; es la esencia humana, es la luz y es el mismo Dios, y cuando nos entregamos durante un solo instante, entra en nosotros, tanto en un niño como en un sabio. Tengo en gran estima la santidad, pero no soy un santo ni mucho menos, y todo cuanto sé sobre el misterio no lo sé por revelación, sino que lo he buscado y aprendido, ha entrado en mí, por el camino de la lectura, de la reflexión y del estudio.

Me gusta la diversidad, tanto de opiniones como de formas de fe. Esto me impide ser un cristiano verdadero, pues ni creo que Dios haya tenido un solo Hijo, ni que la fe en El sea el único camino hacia Dios o la bienaventuranza. La piedad me es siempre simpática, mientras que las teologías autoritarias, con su pretensión de ser las únicas válidas, me inspiran desconfianza y antipatía.

No creo en absoluto que exista una religión o doctrina mejor que las demás o que sea la única verdadera ---¿para qué, además ?---. El Budismo es muy bueno y el Nuevo Testamento también, cada uno en su momento y allí donde hace falta. Hay hombres que necesitan el ascetismo, y otros que necesitan otra cosa. E incluso, el mismo hombre no siempre necesita lo mismo, a veces quiere acción y dinamismo, a veces quiere reflexionar, otras juego y otras trabajo. Los seres humanos somos así, y los intentos de cambiarnos fracasan siempre.

Pero desconfío de los teólogos y demás especialistas en el enigma del universo cuando hacen de su doctrina religiosa o política una fe infantil en la verdadera exclusiva. Una religión es tan buena como cualquier otra, pues si algo es cierto, también puede ser cierto lo contrario.

Pero no es lo importante una Iglesia, sino la conciencia personal como única instancia, vivificada como la naturaleza o como Dios, que finalmente son una misma cosa : el simple instinto de vivir.

Porque la verdad tiene siempre dos caras y a todos les asiste la razón. No veo el ideal humano en ninguna virtud o credo determinado, y considero que lo más alto a que pueden aspirar los hombres es la armonía más perfecta posible en el alma del individuo. Quien alcanza esta armonía, consigue lo que el psicoanálisis llamaría la libre disponibilidad de la líbido, y de la cual el Nuevo Testamento dice : “Todo es vuestro”.

He encontrado el mismo significado de la existencia humana en hindúes, chinos y cristianos, expresado por doquier con símbolos análogos. Y nada me ha confirmado con tanta fuerza como estas experiencias el hecho de que los hombres tienen un destino, de que la desgracia y el anhelo de la humanidad ha sido una misma en todos los tiempos y en cualquier lugar.

Conozco los grados principales de la historia del alma, como los conocen todos cuantos han pasado por ellos; son realidades. Pero, por su esencia no pueden ser comunicados ni comprendidos por quien no los ha vivido. En cambio, cualquier persona reconoce inmediatamente las experiencias psíquicas que ella misma ha tenido, cuando las encuentra en relatos ajenos. Cualquier Cristo que realmente haya experimentado algo, reconoce las mismas experiencias en Pablo, Pascal, Lutero o Ignacio. Y cualquier Cristo que se haya acercado un poco más al centro de la fe y evolucionado así más allá de las meras experiencias “cristianas”, encuentra en los fieles de otras religiones, aunque hablen con otros símbolos, todas las experiencias fundamentales del alma con todas sus características.

La fuerza de la esencia humana, de la naturaleza o de Dios ---como se quiera llamar--- debería proteger al hombre que camina solo, amarle o hacerle resistente contra dogmas, recetas y programas; agudizar su conciencia y consolidar sus fuerzas espirituales.

Así es que no se debe desear una doctrina perfecta sino el perfeccionamiento de uno mismo. La divinidad está en uno mismo, no en conceptos y libros. Los principios talmúdicos, cristianos, islámicos, hinduistas y budistas son equivalentes. Y los numerosos métodos que ofrecen las religiones ---plegaria, meditación, contemplación, concentración, renuncia de sí mismo, examen de conciencia, paciencia, serenidad--- sólo demuestran que la acción y el cambio ocurren exclusivamente en el individuo, y no pueden tener lugar con ayuda de teoremas, sino mediante la propia experiencia.

Con esto se comprueba que el peor enemigo y corruptor de los seres humanos es la pereza mental y el ansia de tranquilidad que los conduce a lo colectivo, a las comunidades de dogmática fijamente establecida, ya sean religiosas o políticas.

Ahora bien, siempre que en tiempos de crisis faltan las directrices y las leyes, surge un escepticismo hacia dogmas e ideologías, hacia autoridades e instituciones, hacia la Iglesia y el Estado. Pero es muy hermoso, y en el fondo consolador, que todo cuanto en apariencia pertenece para siempre al pasado sea capaz de volver y comenzar una nueva vida.

lunes, 13 de julio de 2009

Concepto e Idea de la Religión 1/3


Formalmente, una religión es un sistema independiente capaz de ofrecer una visión global de la vida. Se constituye de una serie de creencias y de un conjunto de normas, principalmente acerca de la divinidad. Por lo mismo, una religión es una ideología; una cosmovisión de la vida, del mundo y de la naturaleza. Atañe también las distintas relaciones y dependencias entre los seres vivos, los recursos y la naturaleza dentro de un sistema capaz de dar respuesta a todos los cuestionamientos acerca del sentido de la existencia.

Y de la misma manera, posee una interpretación única y particular sobre los hechos, las tramas y las especulaciones surgidas del hecho mismo de vivir y de las singulares formas de convivencia que se establecen dentro del marco evolutivo o histórico de la vida de los seres humanos.

Toda religión es una ideología, una filosofía, una manera de concebir, entender, interpretar e integrarse a la vida; en términos prácticos, constituye una forma de vivir, un orden que reglamenta la existencia. La religión implica una obligación de conciencia y el cumplimiento de un deber. Aunque existe también lo que se concibe como una religión natural, fundada únicamente en nuestra razón.

De cualquier modo, las filosofías son libres, son el derecho y el hermoso lujo del individuo. Al fin y al cabo, toda persona religiosa, sea cual sea su religión, reclama la paz.

Y es que incluso el hombre materialista, superficial y poco dado a pensar, siente la primitiva necesidad de conocer el sentido de su vida. Y cuando no lo consigue, la moral decae y la vida privada se sume en el más salvaje egoísmo y terror ante la muerte.

Toda persona reconoce la violencia como lo malo y la no violencia como el camino de la humana convivencia. Una verdadera postura y actitud personal, radica en servir incondicionalmente a su ideal, guardarle fidelidad hasta el sacrificio y no pedirle a los demás sacrificios ni obediencia; acaso intentar transformar al individuo en la vida interior de la sociedad.

Nuestra vida es una sucesión interminable de altibajos, de fracasos y resurgimientos, de decadencia y resurrección, y a las sombrías y lamentables épocas de decadencia de nuestra civilización suceden otros signos que indican un nuevo despertar de la necesidad metafísica, una nueva espiritualidad y un esfuerzo apasionado por dar un nuevo sentido a nuestra vida.

De ahí surge el hecho de que las religiones son, en parte, conocimientos sobre la naturaleza, la esencia humana, Dios y la personalidad, y en parte prácticas psíquicas, ejercicios para independizarse de los caprichos privados y acercarse a lo divino que hay en nosotros.

Una religión es más o menos igual a otra. No existe ninguna que convierta al hombre en un sabio, ninguna que no se pueda utilizar como la más necia idolatría. Pero en las religiones está compendiada casi toda la verdadera sabiduría, sobre todo en las mitologías. Toda mitología es “falsa” mientras no la consideremos a lo sumo como piadosa; pero cada una de ellas es una llave del corazón del mundo. Cada una de ellas conoce los caminos para hacer de la idolatría de la personalidad una adoración divina. Por lo que a lo divino únicamente podemos llegar a través de la entrega, la meditación, la veneración y la plegaria.

Todas las religiones, como todas las ideologías, todas las ideas sobre la religión, todas las doctrinas ayudan a los hombres a vivir, les ayudan no sólo a soportar la difícil y dudosa existencia, sino a valorarla y santificarla, y aunque no fueran más que un estimulante o un dulce narcótico, ya serían de no poca utilidad. Pero son más que eso, inconmensurablemente más. Son las escuelas por las que debe pasar la élite espiritual de nuestro tiempo, porque toda espiritualidad y civilización tiene dos misiones: dar seguridad e impulso a la mayoría, consolarles, proporcionar un sentido a su vida; después la segunda misión, más misteriosa y no menos importante: facilitar el desarrollo de los pocos grandes intelectos de mañana y pasado mañana, proteger y cuidar sus comienzos y ofrecerles aire para respirar.

El objetivo de toda creencia debe ser una alianza entre la fe y la razón. A partir de aquí, el camino conduce a las posibilidades de la humanidad, cuya realización aún no ha sido contemplada por ojos humanos. La aventura humana es, esencialmente, personal; las enseñanzas sirven de escasa ayuda. La verdadera sabiduría y las verdaderas posibilidades de liberación no pueden aprenderse ni enseñarse; son únicamente para aquellos que están a punto de ahogarse.

Por eso, el principal deseo de los pensadores y de las religiones es ejercer una dirección buena y eficaz para el bien de todos. Las virtudes del autodominio, la cortesía, la paciencia y la serenidad.

Pero no existe una categoría de las religiones. Un hecho igualmente cierto es que desde que la humanidad existe, casi ninguna de las Iglesias ha ofrecido un lugar ideal a la religión; en casi todas ha predominado la ambición, la vanidad, las divergencias y la lucha por el poder, y la vida religiosa se practica de manera clandestina.

De esto se deriva que el problema principal de las Iglesias ---de todo tipo---, al igual que los Estados, es que hablan de libertad, personalidad, dinámicas y que después, en la práctica, hacen del pastor, sacerdote o guía y de la Iglesia un complaciente instrumento del Estado, el capitalismo y la guerra.

A mí, todas las admirables iglesias sólo me parecen dignas de veneración cuando las veo a distancia, pues en cuanto me aproximo huelen, como toda configuración humana, a sangre, violencia, política y vulgaridad. Y pienso que eso se debe a la capacidad del hombre para cualquier maldad y su capacidad para justificarlas teológicamente.

La sabiduría de todos los pueblos es una y la misma; no hay dos o más, solamente una. Lo único que tengo contra las religiones e Iglesias es su inclinación a la intolerancia: ni cristiano ni mahometano admitirá de buen grado que su credo, además de bueno y santo, no es también el privilegiado y patentado, sino hermano de todos los otros credos en los que la verdad intenta hacerse visible.

Precisamente por esto no he podido pertenecer a ninguna Iglesia, porque en ellas falta la elevación y la libertad de espíritu, porque cada una se considera la mejor, la única y llama descarriados a cuantos no están acogidos a ella. Los frailes, sacerdotes guías y pastores son los responsables de esto, por eso me son antipáticos.

domingo, 28 de junio de 2009

Valores para retomar


El Valor del Tiempo.

¿No es verdad que el tiempo es algo que debe apreciarse en pesos y centavos? Malgastarlos es mal gastar dinero, es perder lo que no puede recuperarse. Debemos recordar esto: “tu día es oro”. Tus horas no deben pasar sin que saques de ellas algún provecho. Esto no significa que se te impida dedicar algún tiempo al recreo o al descanso. Ambos son necesarios. Poniendo orden en el día se puede disfrutar de todo. Trabajarás y descansarás; habrá hora de trabajo y horas de placer.

Se dice con triste certeza, cuando no se ha hecho nada útil durante el día, que se ha perdido el día. Aprendan el valor del tiempo y prepárense para no perder un segundo. La vida es valiosa pero es necesario disponerse a vivirla noblemente. Si te decides, puedes hacer mucho en ella no desperdiciando el tiempo. Que al hacer el resumen de tus actos, puedas decir con orgullo: “Hoy he aprovechado mi día”.


El Placer del Trabajo.

¡Qué lentas son las horas cuando no se hace nada! Se dice que un abogado decía que su defendido no podía haber cometido el crimen que se le imputaba porque cinco minutos no eran suficientes para cometer las cosas que se le atribuían. El fiscal propuso: “Señores del Jurado: Vamos a permanecer cinco minutos callados, atentos al pasar del tiempo; veremos qué tan largos son”. ¡Qué largos parecieron los cinco minutos a los señores del Jurado!

Lentas las horas que pasamos sin hacer nada, pero ellas nos enseñan una gran verdad, que debemos recordar siempre. El trabajo es la alegría de la vida. La vida sin trabajo, es una angustia. Las horas de trabajo, pasan inadvertidas cuando trabajamos con gusto, cuando ponemos toda nuestra alma en lo que estamos haciendo.

¿Quién no quiere adelantarse, empezar cuanto antes la obligación del trabajo, estando en pleno vigor juvenil, sintiendo que nos sobran bríos y energías. En esta obligación está la felicidad de la vida. Levántate por las mañanas contento porque vas a trabajar. Rinde tu labor cotidiana, con la misma alegría con que empezaste. Después, el descanso te parecerá más agradable.

¿No has oído la queja de quienes trabajan sin placer? ¿No has oído el lamento de los que viven sin trabajar? Para ellos, la vida no es vida; es carga, es sufrimiento.

Pon alegría en tu labor. Ella es como el sol, que todo lo hermosea.


El Éxito de la Perseverancia.

La perseverancia es la virtud que todo lo vence. Con verdadero espíritu de perseverancia, tarde o temprano han de llegar al término del viaje. El éxito es la perseverancia.

Hay quien tiene, en el principio de la lucha, un empuje extraordinario. Al verle, uno piensa enseguida en el éxito de su labor. Pero no es así. Le falta la virtud de la perseverancia y después de los primeros esfuerzos se rinde. Es un cobarde, un vencido.

Persevera. Acostúmbrate a ello. Es un hábito como cualquier otro. Es una disciplina del espíritu que se puede adquirir si nos ocupamos de ello. El ser humano que no sabe de la perseverancia es un fracasado. Tendrá que triunfar siempre con el primer esfuerzo, y eso raras veces sucede.


La Dignidad de la Sencillez.

La sencillez es la mejor condición humana. ¡Vida sencilla! La humanidad desea regresar a la primitiva sencillez, después de haberlo complicado todo. Sencillez en el vestir, sencillez en nuestras relaciones, sencillez en todo.

¿Quieren ser sencillos? Que su alma lo sea. Vístanla de sencillez y así lograrán que todas las manifestaciones de su vida sean expresión de sencillez espiritual. Alto a todo lo que es aparatoso y complicado. La vida es sencilla. Es el ser humano quien la ha hecho difícil. La sencillez hace la vida más adorable y hermosa.


El Valor del Carácter.

El carácter es la fuerza del ser humano. Nada resiste a su influjo y su poder. El carácter vale más que la inteligencia.

El carácter no s energía solamente. Es energía y bondad. Ser persona de carácter, es ser fuerte y compasivo a la vez; y saber ser fuerte, cuando es necesario serlo, así como saber ser compasivo, cuando es imprescindible la compasión.

Desgraciadamente, siendo el carácter la principal condición del ciudadano, se descuida su formación en los hogares y en las escuelas. Sin embargo, podemos hacer nuestro carácter: Persiguiendo el bien. Diciendo siempre la verdad. No rindiéndonos ante el halago. Sabiendo cumplir con nuestros deberes. Nutriendo al corazón de bondad. Rechazando con el pensamiento toda influencia malsana. ¿Qué mejor título podemos obtener de los demás si, al vernos pasar exclaman: “Esa es una persona de carácter”.


El Poder de la Bondad.

Tener un corazón bondadoso, es tener una joya de inapreciable valor. ¡Qué hermoso es saber mirar siempre el lado bueno de las situaciones! Se ha dicho que no hay maldad en el ser humano, que solamente hay grados de bondad. Puede ser.

La bondad vence siempre. Aunque la veamos abatida, derrotada; no importa. Como su triunfo es siempre definitivo, tarda más en llegar. Encuentra más obstáculos en su camino. El triunfo del mal es siempre efímero. El mal triunfa por la cobardía del bien. Por eso es que siempre hay que exaltar la bondad del corazón. Recordando que en toda alma hay algo de bondad, podremos entender cuál ha de ser la labor: Desarrollar ese algo de bondad. Cultivar ese sentimiento en el corazón. Nada contribuye tanto a la felicidad de la vida, como la bondad. Sean buenos.

lunes, 15 de junio de 2009

Felicidad: la Sencillez de la Vida


En una leyenda oriental, un poderoso Genio prometió a una hermosa joven un valioso regalo si, atravesando un plantío de maíz, sin detenerse, sin dejar de avanzar en línea recta y sin volverse hacia atrás, escogiera la más grande y la más madura de las mazorcas que encontrara. El valor del regalo sería en proporción de la mazorca que eligiera.

La muchacha inició su recorrido. En el camino encontró muchas y muy bellas mazorcas, dignas de ser elegidas, pero siguió adelante con la esperanza de encontrar una más perfecta. Siguió caminando, hasta llegar a una zona donde las cañas crecían pequeñas y raquíticas. Siguió caminando hasta que llegó al otro límite de la milpa, sin haber logrado escoger nada.

¿Cuántos millones de personas pasan a través del rico campo de la vida, cerca de mil probables oportunidades de éxito y de dicha, que no toman, en espera de algo mejor y más importante?

Todavía no hay nada que dé mayor y más completa satisfacción, felicidad verdadera, como un largo día de intenso y saludable trabajo; el trabajo realizado con nobles propósitos, parece ser el más alto estado de perfección posible de la humanidad. Estar constantemente ocupado útil y gratamente, es el mayor bien del ser humano, en la vida.

Una dificultad de muchos de nosotros es que tratamos de hacer de la felicidad algo muy complicado, cuando la felicidad huye de toda complicación, de toda ceremonia, de toda vanidad. La verdadera felicidad es tan sencilla que mucha gente no la reconoce a primera vista. Se piensa que está basada en grandes cosas; en reunir una gran fortuna, en realizar una gran obra; cuando que, de hecho, de hecho, se deriva de las más simples, de las más tranquilas y de las más humildes cosas de la existencia.

Nuestro gran problema se resuelve llenando de alegría y de sol cada día de la vida, de manera que no haya vulgaridad ni desdicha en él.

Pequeñas amabilidades, palabras gratas, insignificantes servicios hechos al pasar, mínimas cortesías, insignificantes palabras de aliento, cumplimiento de los deberes usuales, favores desinteresados, labor hecha con gusto, amistad mantenida, amor, afecto… todas estas son pequeñas cosas que constituyen la felicidad.

Pocas personas pueden aprender al arte de disfrutar de las pequeñas satisfacciones, conforme van viviendo. Y son precisamente estos pequeños goces los que más valen en el largo trayecto de toda una existencia.

Casi todas las personas viven por anticipado, no viven el momento actual. No viven en el presente la vida que esperaron vivir o que desearon vivir, sino que están preparándose siempre para disfrutar de ella cuando tenga un poco más de dinero, más salud, una casa mejor, mayores comodidades, mayor tiempo de que disponer, más libertad, menos responsabilidades. Para entonces sí que se disponen en verdad a gozar de “lo mejor de la vida”.

Y se pasan como la doncella de la leyenda, sin haber logrado cortar no ya la mejor, sino ni una sola de las mazorcas del campo que les ofrece la existencia.

lunes, 1 de junio de 2009

Saber vivir.


El ser humano es una continua y desconcertante paradoja; y por lo difícil que resulta entender los motivos de su conducta, es por lo que debemos procurar encontrar la forma de un mejor vivir.

El problema de la vida no estriba en vivir, sino en saber vivir; y son la virtud, la ayuda mutua, la tolerancia y el sincero afecto de los humildes por lo que debemos vivir, y por lo que aprenderemos también la ciencia y el arte de vivir: ciencia y arte cuya posesión brinda al ser humano el precioso don de la eterna bienaventuranza.

El mundo está lleno de cosas buenas y malas, en proporción y equilibrio; todo consiste en saber elegir las buenas y rechazar las malas.

Las personas son mezcla de buenas y malas inclinaciones. Todo cuanto existe ha sido creado para un fin de utilidad y orden: la noche y el día, el canto melodioso y el ronco rugido, la injuria que deprime y la palabra de amor y de piedad que exalta. Dentro del orden, dentro de la ley de armonía, no es posible que la vida tenga sólo un aspecto, sólo una cara, sólo un color.

Requiere el contraste, la diversidad, lo aparentemente inútil y absurdo, lo que hiere y lo que restaña la herida, lo que es gesto irascible y actitud acogedora. Sin estos factores tan encontrados no se conocería la belleza, ni el equilibrio, ni la sabiduría, ni la energía de la Naturaleza.

Quienes reconocen todo esto son los que saben vivir. Son los que saben comprender que el Maestro por vocación y por temperamento enseña los grandes principios de la ciencia y de la moral, del arte y de la filosofía, con la santa simplicidad del que sólo sabe que no sabe nada.

Son quienes se acercan a la Naturaleza con la pureza y el recogimiento del alma deseosa de beber en la fuente de la sabiduría y la serenidad, para elevarse a los planos del conocimiento.

Forman parte de los que secan las lágrimas y cicatrizan las heridas sin más anhelo que cumplir un deber humano y acatar, al mismo tiempo, un precepto celestial.

En una palabra, vivir para amar cada día más, para rendir culto valiente a la verdad, para redimir a los ignorantes y levantar noblemente a los que caen en el camino, misión que no debe despreciarse, por ser un ejercicio que fortalece la voluntad y desarrolla el espíritu.

Observar al ser humano y procurar penetrar en las profundidades de su alma es el más atractivo y más provechoso de los estudios que hacen quienes se dan cuenta que son muchas las personas que no saben vivir.

Nunca ha habido mayor necesidad de cooperación y de buena voluntad que en los actuales tiempos. El egoísmo, la desconfianza y el temor, prevalecen como jamás se había visto entre la humanidad.

Debe buscarse la forma de ayudar positivamente al ser humano en la forma más excelsa de las artes, la de vivir en paz y armonía con sus semejantes. Caminos para hallar esta fórmula jamás los encontrarán quienes cometen los enormes despropósitos que observamos diariamente.

La tristeza de que siempre están poseídas muchas personas viene de la conciencia que no se esfuerza para dar al prójimo simpatía, confianza y contento. El dolor nace del corazón que no se abre a la fraternidad, al perdón y a la indulgencia. La zozobra, el miedo, la incertidumbre y la miseria, provienen de la mente que sólo engendra pensamientos de bajeza y de egoísmo.

Si la vida humana no fuese otra cosa que comer, dormir y perseguir con insensato afán los placeres fáciles, habría motivo suficiente para detestarla. Pero la vida es algo más útil; más limpio, más sano y más armonioso, más razonable y más justo.

La vida es verdad y virtud, aspectos que no saben comprender quienes tampoco saben vivir.

No saben buscarle a las cosas el lado hermoso, la parte atractiva y dulce. No alcanzan a saber rechazar lo negativo y agresivo, no evitan a los que poseen la oscuridad y la malignidad. No saben buscar en el hermano, en el semejante, en el prójimo el rostro risueño, el noble pensamiento, la actividad creadora, lo sonoro, radiante, lo que consuela, lo que despide efluvios de afecto y simpatía.

Son quienes tienden la mano al caído, tan sólo para que el mundo los contemple y les aplauda por su gesto de falsa e hipócrita caridad. Los que dicen profesar una fe jamás sentida hondamente. Olvidan la costumbre de ver en todo lo creado la mano de la Naturaleza, la que hace más bella y majestuosa la vida, multiplica nuestros poderes internos y derrama sobre nosotros torrentes de salud, de felicidad, de abundancia y de amor.

No saben comprender que las cosas y las personas son imperfectas. Pero la vida va siempre hacia arriba en una ascensión infalible hacia el desenvolvimiento y la plenitud.

lunes, 18 de mayo de 2009

Aquí Hoy - (Here Today)


Aquí hoy, procuraré no preocuparme más que de este día, en lugar de querer resolver los problemas de toda mi vida, de una vez. En 12 horas puedo hacer muchas cosas que me aterrarían si tuviera que hacerlas toda la vida.

Aquí hoy, me sentiré feliz. La mayoría de las personas son tan felices como su mente decide serlo. La felicidad es una actitud interna y no depende de ningún factor externo.

Aquí hoy, trataré de ajustarme a las cosas tal y como son, en vez de querer ajustarlas a mis deseos. Aceptaré a mi familia, mis asuntos y mi actualidad tal como son y me ajustaré a ellos.

Aquí hoy, cuidaré de mi cuerpo: lo ejercitaré, lo guardaré, lo alimentaré; no cometeré abusos ni lo abandonaré, a fin de que sea un organismo perfecto y funcione como yo quiera.

Aquí hoy, procuraré fortalecer mi mente: aprenderé algo útil; no seré un ocioso mental. Leeré algo que exija esfuerzo, razonamiento y concentración.

Aquí hoy, ejercitaré mi alma: haré algún bien a alguien, sin que se sepa; haré, además, dos cosas que me cueste hacer, nada más como ejercicio.

Aquí hoy, seré agradable. Me presentaré alegre; bien vestido; hablaré sin gritos; mis actos serán corteses; seré liberal en mis alabanzas; no criticaré nada, ni a nadie; no encontraré nada mal, ni tampoco trataré de gobernar o mejorar a nadie.

Aquí hoy, tendré un programa: escribiré todo lo que pienso hacer cada hora del día. Puede que no lo siga estrictamente, pero tendré el programa de todos modos; de esta manera, eliminaré dos cosas: apresuramiento e indecisión.

Aquí hoy, dispondré de media hora de quietud y relajamiento para mí solo. En este media hora pensaré en la Naturaleza, en el Cosmos, en Dios, a fin de adquirir una perspectiva más amplia de mi vida.

Aquí hoy, desecharé toda clase de temores; especialmente, no tendré temor de ser feliz, de gozar de lo bello, de amar a mis semejantes, y no dudaré de que me aman aquellos a quienes yo amo.