lunes, 20 de abril de 2009

El Silencio es útil. 2/2
Una creciente corriente de simpatía nos arrastra hacia cierto estimado amigo. Todas sus frases nos hacen gracia; todos sus gestos nos resultan amables; todas sus opiniones nos parecen acertadísimas. Este amigo solicita de nosotros, un día, cierto favor, o sugiere que nos interesemos en cierto negocio, o, simplemente, nos recomienda a un empleado de confianza. La corriente de simpatía nos arrastra, y, sin examinar otras motivaciones, sin analizar objetivamente los datos del asunto, precipitamos una decisión que más tarde puede ser un motivo de arrepentimiento. Cuidado una vez más: Hemos perdido nuestro equilibrio interior.

Hemos recibido una noticia grata que nos llena de gozo: el nacimiento del primer hijo; la próxima llegada de un pariente querido; el éxito de una combinación financiera o la feliz acogida del libro que acabamos de publicar. Nuestra satisfacción, nuestra alegría, explotan en diversas formas, y el optimismo y la generosidad se adueñan de nuestro ser hasta el punto de llevarnos a conceder ventajas irreflexivas a quien en aquel instante contrata con nosotros, o aplazamientos peligrosos al deudor moroso que en el mismo momento lo solicita. Si más tarde nos arrepentimos de todo ello, habrá sido, sencillamente, porque en aquel instante habíamos perdido nuestro equilibrio interior.

Podrían multiplicarse los ejemplos hasta el infinito; cada uno de ustedes los hallará muy fácilmente, con sólo examinar sus propias reacciones y las de los demás, en casos parecidos. En términos generales, y aparte otras causas, el equilibrio interior puede perderse por una contrariedad inesperada, una conversación imprudente, por dificultades imprevistas, por malas noticias, por un imperioso deseo por satisfacer, por una fuerte corriente de simpatía o por un especial estado de euforia.

El remedio inmediato y más simple para actuar con acierto en todos esos casos es éste: ganar tiempo; no tomar una resolución inmediata; aplazar toda decisión hasta que por la sucesión de otras impresiones la violencia de la primera haya pasado y nos permita estimarla en su verdadera magnitud. Y además, hacer todo lo posible por recibir las impresiones distintas de la primera antes de resolver definitivamente.

Cuando la impaciencia gana nuestro ánimo y la cólera tiende a subir hasta su más agudo diapasón, es indispensable hacer todos los esfuerzos necesarios para guardar silencio, un silencio completo durante algunos instantes, que nos devolverá el dominio sobre nosotros mismos.

Si en el trabajo se multiplican las dificultades de un modo imprevisto, es necesario entregarse a otras ocupaciones menos arduas antes de decidir ninguna cosa. A las pocas horas, al día siguiente, a los pocos días, la solución aparecerá nítidamente en la mente, y el trabajo que parecía insuperable se encontrará muchísimo más fácil y llevadero. Si la carta nos ha producido una turbación de ánimo, es necesario dejarla sin respuesta hasta el día siguiente, cuando menos, o hasta la fecha en que su lectura no causa en el ánimo más impresión que la automáticamente normal. Por muy potente que el deseo sea, imponemos un aplazamiento. Tal vez al día siguiente, quizás a los dos días, lo que excitaba tan extraordinariamente el deseo de una realización inmediata a cualquier precio se convierte en uno de tantos caprichos, cuya consecución pueda llevarse a cabo en condiciones normales. Antes de responder a la petición del amigo demasiado simpático, aléjense de él por unas horas o por unos días, con cualquier pretexto; dejen reposar la simpatía que los arrastra; tal vez se halla turbada por un ardor exagerado; cuando este ardor se calme, aparecerá limpia y clara el agua transparente de la amistad serena y fuerte.

¿Por qué razón concedemos una importancia tan considerable a ese silencio de palabra y acción?

En primer lugar, porque supone una detección o una paralización voluntaria en nuestra acción, que ya es por sí misma un principio de dominio sobre nosotros mismos. En segundo término, porque esa paralización nos concede un plazo precioso durante el cual la fiebre de la emoción debe bajar necesariamente, produciendo en el alma un efecto sedante precursor del aplomo. En tercer lugar, porque, según los diferentes casos, ese plazo, más o menos largo, permite reflexionar, y la reflexión juega un papel principal en el dominio de sí mismo.

Cuando el silencio, la paralización voluntaria de la acción, consiguen restablecer nuestro equilibrio interior, las proporciones desmesuradas de las cosas que la imaginación había venido agrandando quedan reducidas a su verdadera medida, los valores se restablecen y el juicio se aclara. Para ver claramente las cosas es necesario contemplarlas a través del cristal de la verdad objetiva y no a través del prisma de la pasión o de la imaginación, que necesariamente, las deforma.

Para observar este silencio de palabra y de acción no es necesario vencer muchas dificultades: basta para ello un pequeño esfuerzo de voluntad, y, en todo caso, un ligerísimo entrenamiento. Dilatar la respuesta de una carta o dejar para más tarde la adopción de una decisión cualquiera son actos que, verdaderamente, no requieren un gasto grande de energía. Permanecer callado, por breves instantes, sin responder a la frase impertinente o molesta que nos acaban de dirigir, tal vez requiera un esfuerzo mayor, pero posible.

lunes, 6 de abril de 2009

El Silencio es útil. 1/2

La primera condición que debe observarse rigurosamente para adquirir el dominio de sí mismo es la de guardar silencio en el momento oportuno. No se trata de convertirse en una persona taciturna, ni mucho menos de adoptar un aire melancólico cuando se encuentra uno en sociedad. Quien se comporte así, en lugar de caminar hacia el éxito, se encontrará muy pronto con la desagradable sorpresa de que todo el mundo le vuelve la espalda.

El silencio útil, el realmente recomendable, se practica de modo transitorio y en casos determinados. No por observarlo cuando sea preciso deben ser menos amables, menos cordiales, menos afables con quienes les rodean. Este silencio debe entenderse en un sentido muy amplio; es preciso observarlo no sólo permaneciendo sin pronunciar ni una sola palabra, sino tratando de detener momentáneamente una parte de la actividad espiritual interior. Debe durar todo el tiempo que sea necesario para reencontrar otra vez el equilibrio moral.

Debe utilizarse la siguiente regla para saber utilizar el silencio en todas las ocasiones en que sea preciso conservar el control absoluto sobre sí mismo. Siempre que se sientan agitados por una emoción intensa, guarden silencio, no hablen, no escriban nada, no tomen ninguna decisión; en una palabra, suspendan provisionalmente todos los actos que pudieran resultar influidos por su emoción.

Quien no sea capaz de observar esta regla no logrará jamás dominar sus primeras impresiones, y se convertirá, por consiguiente, sin esperanza de mejoramiento, en el juguete de sus impulsos y de sus caprichos. Si graban esta regla en su memoria, si la leen y la vuelven a leer, si meditan sobre ella hasta conseguir que no se borre de su mente, obtendrán inmejorables resultados.

¿Qué debemos entender por “emoción intensa”? Esa frase comprende todo aquello que nos hace perder el equilibrio interior. Una contrariedad inesperada desencadena en nosotros, de repente, una tempestad de mal humor. La ira se apodera de nuestro ánimo. Estamos en nuestra casa: al empujar un mueble, derribamos un costo jarrón, que se hace trizas; al sentarnos con furia ante la mesa de trabajo revolvemos papeles cuidadosamente clasificados, carpetas de documentos o escritos cuyo orden nos convenía conservar; si a la hora de la comida nos sirven un plato mal sazonado estallamos en gritos de indignación o nos dejamos arrastrar por una crisis de agudo pesimismo... La impaciencia, el mal humor, la indignación se han apoderado de nosotros: hemos perdido nuestro equilibrio interior.

Acabamos de recibir el choque de unas frases desagradables que por desacierto o por malevolencia nos ha dirigido la persona que hablaba con nosotros; nos sentimos víctimas de una grosería o de una falta de educación; nos creemos vejados o humillados, y sentimos la necesidad de responder con una frase rápida al interlocutor molesto o inoportuno... Pero la cólera palpita en nuestros labios: hemos perdido nuestro equilibrio interior.

En nuestro trabajo cotidiano surgen de pronto dificultades imprevistas. Esto nos causa una contrariedad, y nuestra imaginación, puesta al servicio de la dificultad surgida, la multiplica por ciento o por mil, aumentando cada vez más su importancia hasta presentárnosla como insuperable. El desequilibrio nervioso que nos produce este crescendo imaginativo nos enerva y nos gana de tal suerte, que estamos dispuestos a renunciar a los proyectos que anteriormente habíamos encontrado dignos de estimación...

¿Qué ha sucedido? Esto: nada más hemos perdido nuestro equilibrio interior.

Acabamos de recibir una carta que nos trae malas noticias. Se trata de un negocio en el que habíamos puesto todas nuestras esperanzas, y que de pronto se ha torcido, o de una persona querida que se halla gravemente enferma, o de un amigo que nos ha hecho una mala jugada. Nuestra imaginación pone en juego todos sus recursos para amplificar los acontecimientos, y, arrastrados por ella, ennegrecemos en seguida el cuadro: el simple contratiempo en el negocio se transforma en una catástrofe financiera; la enfermedad; grave, pero a la vez pasajera, es mortal de necesidad; la mala jugada se convierte en altísima traición... ¿A qué aturdirse antes de examinar la situación con pleno conocimiento de causa? La causa es evidente: hemos perdido nuestro equilibrio interior.

Tenemos el deseo de adquirir un objeto cualquiera, cuya posesión nos causa una ilusión inmensa. Pero es un objeto caro y su costo rebasa nuestras posibilidades actuales. La más elemental prudencia nos aconsejaría aplazar para ocasión más propicia la compra placentera, pero, ¡cuidado! Hemos perdido nuestro equilibrio interior.

domingo, 22 de marzo de 2009

Esperanza 2/2
Hablen de aprecio, de respeto entre las personas. En este instante nada podrán decir que sea tan hermoso. Cuanto más negra es la noche, tanto más brillan sus estrellas. Que hable de amor ahora quien lleve paz en su interior, ahora que en la borrasca silban el odio y el rencor, ahora que el cielo está sombrío y más sombrío el corazón; que después... ya lo saben: cuando la tormenta pasa, hasta las charcas cenagosas del camino reflejan el cielo azul.

Como en un cuento de la niñez, que sin duda todos recuerdan, la senda larga es la buena senda. La senda del respeto y del honor. Quien vaya por ella, que no vacile, y que al avanzar recuerde que no se es bueno, ni se es justo por incapacidad de hacer daño. El bien se hace a sabiendas y a quien lo merece.

La venganza no es un remedio, pero la justicia es un deber. El que ha sufrido y el que ha hecho sufrir no pueden ser medidos con la misma vara. Lo bueno, cuando es justo, es dos veces bueno. Siendo injusto, hasta lo bueno se hace malo.

Vivimos juzgando obras ajenas y propias. Toda persona es un poco juez, y para serlo necesita, al mismo tiempo, fases suaves y filos cortantes, como una espada. La persona sin aristas es una piedra rodada, que sólo sirve para rodar. Para sentir repudio por la injusticia, no es necesario ser perfecto, basta con no ser perverso. No importa que procediendo así el camino se alargue. Algún día se llegará. No hay mar sin orillas, por grande que sea.

No lamentemos errores pasados, si ellos nos han enseñado algo útil para evitarlos mañana. El presente es la oportunidad de aprovechar el pasado en beneficio del porvenir. Pero no basta decir bien, es necesario proceder mejor. Las palabras nunca podrán sustituir a los hechos. Los brillantes, por más que brillan, no son estrellas, y las palabras, por muy sonoras que nos parezcan, no son acciones. Es necesario proceder bien y sin demora inútil.

Entre la idea que encierra una esperanza y el acto que quiere darle vida, nunca media el infinito. Si se mira, con mirar sereno, el cielo no está tan lejos de la tierra.

No importa que al pasar dejemos algo de lo que creemos que nos pertenece. Si bien se piensa, nada hay que sea realmente nuestro. Nuestro es aquello que nada ni nadie nos puede quitar, que retendremos siempre si esa es nuestra voluntad; aquello de que podemos disponer a nuestro antojo, que sólo de nosotros depende. Eso sí es nuestro, eso sí sería nuestro si hubiera algo de esas condiciones.

Es preciso convencerse de que no hay nada que nos pertenezca en esa forma. Todo es prestado, por un rato nada más. Todo es prestado, hasta lo que llamamos con orgullo nuestra propia vida. Pensando así, se ve que no es razonable querer sacar de las cosas un provecho tan grande como si la vida fuera eterna.

El usurero, que por guardar su oro, ni él mismo lo disfruta, por este falso concepto de propiedad, sin advertirlo, se refleja en nuestros actos, algunas veces. Por nuestra propia felicidad luchamos, por momentos, con tal violencia, que por pretender cada uno para sí toda la ventura, sólo alcanza la desdicha para todos. Un día ví a unos niños luchar por una flor. Todos hubieran podido, a un mismo tiempo, disfrutar con calma de su belleza, pero cada uno la quería sólo para sí. En el ansia de posesión entre tanta mano que quería tomarla, la flor se deshizo, no fue para nadie. Para todos, en cambio, hubo una desilusión. Y no sólo son los niños quienes proceden así.

Si el ser humano pensara siempre en dar algo de sí antes de quererlo todo para él... Dar de sí antes de pensar en sí.

domingo, 8 de marzo de 2009

Esperanza 1/2

El mundo, sin la luz del sol, a pesar de su grandeza, sería un antro negro y frío. Y la vida, con todas sus glorias, sin la esperanza, pesaría sobre nosotros como una maldición. El ser humano busca siempre una esperanza por encima de todos los dolores, como busca un cielo azul por encima de todas las tormentas. No hay nada más cruel que un dolor sin esperanza.

Para algunos, la esperanza es su Dios, la gloria o el poder. Para otros, es la fortuna, la salud, un cariño. Quien nada espera no es un humilde, es un indiferente; y la indiferencia es el camino más seguro hacia la inutilidad.

La esperanza es la mirada del alma. Es más ciega la persona sin ilusiones, que aquella a quien le faltan los ojos. Desde el horizonte de la vida, nuestra ambición nos atrae. Hacia ella van muchos caminos. Se marcha en tumulto. Al andar, se mezclan lo bueno y lo malo, lo noble y lo repudiable, lo exacto y lo sabio con lo injusto y lo absurdo. Y entre tanta encrucijada, para orientarse existe sólo una guía: la conciencia. Para resolver dificultades dos recursos: la fuerza y la razón.

Quienes sólo emplean la fuerza, toman siempre el camino que creen más corto. Para ellos todo se reduce a llegar pronto y con el menor esfuerzo. No reparan en la forma de salvar obstáculos ni de evitar peligros. El propio honor y la felicidad ajena, como lastre inútil, van quedando en el camino, poco importa. Sólo una cosa preocupa: llegar.

Con frecuencia, quienes sólo confían en la fuerza miden mal los obstáculos. Fuerte es el huracán que sacude la vida, más fuerte es la voluntad que resiste al huracán. Hasta el empuje más fuerte y la ambición más desmedida caen agotados ante la conciencia que no calla o la razón que no cede. Ciertas personas, ciertos hechos, por la violencia de su empuje, por el brillo que los rodea y por la inutilidad de tanta energía frente a una resistencia firme y tranquila, recuerdan a un río que baja por un valle estrecho y cuyas aguas han perdido la transparencia que al nacer les dio la fuente, y corren cargadas de barro, testigo de todo el daño que el río viene haciendo en su recorrido. Y a pesar de su turbidez, aquellas aguas se revuelven con tal violencia entre las rocas que pretenden resistirles, que se cubren de una capa de espuma. Y el río parece blanco, parece bueno, Se diría que son esas piedras que se oponen a su paso, las únicas culpables de tanto torbellino.

Y el río tumultuoso que carcome sus propias riberas y arranca los árboles; el río que tritura las rocas que le forman cauce y de tanto hacerlas rodar, a todas les quita sus aristas, como si buscara igualarlas en impotencia; el río soberbio, que él mismo se viste de blanco y canta su propia gloria; el río con quien nadie puede, muere en las aguas tranquilas de un lago. Así mueren la injusticia y la violencia. Grandes o pequeñas, un día han de acabar como las aguas tranquilas del turbio río. Así acaban las conquistas mal habidas, los honores manchados por el dolor ajeno, las necias vanidades encubiertas por la espuma del engaño.

Dejen que se alejen los que así proceden, sin envidiarles triunfos. Pobres pordioseros del recuerdo, un día llega en que, agobiados por el remordimiento o el desprecio, pedirán por caridad un poco de olvido. Recién entonces sabrán que el derecho de las personas se comprime y se deforma como el aire, y como el aire también, sólo aguarda un escape, para huir al espacio y llenar toda la vida. Sólo entonces sabrán que el dolor es un maestro severo y sabio. No es deseable oír sus lecciones, pero cuando él las dicta, es inútil resistirse a oírlas. Sus palabras, hasta los sordos las oyen, sus imágenes, hasta los ciegos las ven.

Es mejor tomar otro camino. Otro camino aunque sea más largo. Otro camino que nos permita avanzar sin que por ello sufra el derecho de los demás.

Si quieres que te quieran, cuida la esperanza ajena como si fuera tu propia esperanza. Nunca olvides que es más cruel vivir sin ilusiones que morir sin esperanza. Ilusiones, afectos y derechos. Que nadie diga que estas palabras han perdido su sentido. Más que nunca, hoy que es invierno en todo el mundo, se siente la necesidad de su calor.

martes, 24 de febrero de 2009

Principios importantes para enriquecer la vida. 3/3

Afrontar los problemas con decisión: Dada la cantidad de problemas prácticos que nos vemos obligados a resolver en el transcurso de la vida, no es posible acertar siempre, ni dar siempre el paso más provechoso para nosotros. Pero si sabemos actuar aplicando los principios y auxilios de los mecanismos para mantener el equilibrio emotivo, los errores que podamos cometer no serán de mucho peso, ni tendrán demasiada importancia. Es mejor aceptar desde el principio que uno pueda cometer algunos errores, que no volver a revolver sin cesar cada pequeño problema en la mente. Un excesivo examen de los conflictos suscita una actitud aprensiva que desencadena, forzosamente, alguna enfermedad de origen emotivo. De entre el número total de decisiones que hemos de tomar, sólo un porcentaje muy pequeño mejorará a consecuencia de un estudio y una consideración sostenidos y prolongados. Por eso conviene seguir la norma de tomar las decisiones sin tirarse demasiado de los cabellos, sin exhalar grandes suspiros, sin demasiados aspavientos. Decidamos lo que debemos hacer respecto a un problema determinado y luego dejemos de pensar en él. Cada vez que enfrenten un problema decidan lo que han de hacer al respecto y oblíguense a dejar de pensar en ello. Lo que causa muchos malestares es pensar una y otra vez, inútil e incesantemente, en el mismo problema, aún después de saber las medidas que se tomarán. Hay casos en los que, simplemente, no se puede tomar una decisión. Podemos enfrentar un conflicto muy grave, para el cual no se ve una solución posible. Para esta clase de problemas no hay otra solución que convencernos de que debemos dejar de pensar en ellos. Cuando un problema es indisoluble no sirve de nada malgastar pesares ni pensamientos ocupándose de él. Nuestros esfuerzos, dirigidos en un nuevo sentido serán más provechosos.

Hacer del momento presente un triunfo emotivo: Para librarse de los hábitos emotivos negativos es conveniente adoptar un procedimiento sencillo. Reducirlo a los términos de un común denominador: mantener su pensamiento y su actitud, tranquilos y contentos, como sea posible, desde este mismo instante. El único momento en que vivimos es el momento presente. Es el único tiempo en el que hemos de ser siempre felices. Hay personas que viven esperando algo en el futuro, perdiendo por completo el único bien que poseen, que es el momento presente.

Hacer planes para el futuro, pero no ensimismarse en ellos: Naturalmente, debemos trazar planes para el futuro, pero no debemos pasar el momento presente pensando continuamente en ellos. Si bien trazar planes para el futuro es una previsión necesaria, pensar continuamente en lo que ha de venir acarrea miedo, inquietud y aprensión. Es absurdo preocuparse constantemente por lo que el futuro puede traer; preocupándonos por le futuro no lo alteraremos demasiado. La mayor parte de nuestras preocupaciones en este sentido son intereses que pagamos antes de tiempo por cosas que jamás poseeremos. La mejor manera de asegurarnos un futuro satisfactorio consiste en gobernar con acierto la hora presente, esforzarnos en vivir bien ahora, en trabajar bien, pensar bien, gozar debidamente y ayudar a nuestros semejantes. Desde este mismo instante, sí, desde este mismo momento. El futuro se presentará tan bueno como el presente si dirigimos acertadamente el momento presente.

Proyectar siempre algo: Todos sentimos la necesidad básica de vivir nuevas experiencias. Sin ellas, la vida se hunde en una monotonía rutinaria interminable. La espera de una experiencia nueva que está por llegar anima al momento presente, por lo que debemos proyectar siempre alguna. Puede tratarse nada más de un día de vacaciones, de emplear la mañana o la tarde de un domingo en algo agradable, o sencillamente, de comprar que nos hace falta. No es preciso elaborar proyectos complicados, excepto en raras ocasiones. Lo importante es procurarnos, para el futuro inmediato, experiencias nuevas. Beneficia tanto el hecho de proyectar algo, puesto que nos proporciona la clase de emociones conveniente, como la experiencia en sí.

No dejar que los asuntos enojosos nos hagan perder el control: Casi en todo momento surgen preocupaciones y motivos de irritación que se apoderarán de nosotros si se los permitimos. Siempre que nos enfrentemos con una irritación que llame a la puerta pretendiendo meterse en nuestro interior, hay que probar la estrategia de formar un “círculo mágico” con el índice y el pulgar, y, sosteniéndolo delante de nosotros, decir: “No lo necesito. No le permito la entrada”. Un poco de práctica con este círculo mágico y no tardaremos en alejar de nosotros muchos de los motivos de irritación que se nos presenten.

La mejor cualidad de los seres humanos es la capacidad de aprender siempre algo nuevo, en cuanto comprendemos que es necesario saberlo.

lunes, 9 de febrero de 2009

Principios importantes para enriquecer la vida. 2/3
Aprender a sentirse satisfecho: Existe una excusa comprensible para estar descontento: cuando se ve negligencia, inmoralidad, descuido o incompetencia en alguien. Pero es completamente inútil estar descontento cuando no se puede modificar la situación, o cuando se ve bien que el descontento no sirve para nada. Vivir con un descontento crónico se parece tanto a vivir en el infierno como cualquier otra situación pueda parecerlo. La verdadera tragedia del caso está en que vivir así es completamente inútil e innecesario. El hábito del descontento lo adquiere, inocentemente, el niño que vive en una familia en la que el padre, la madre o ambos a la vez, están continuamente en pelea contra todos y contra todo. Otras personas adquieren un descontento crónico a causa de una serie de infortunios que les agrian el carácter y porque originariamente no estaban dotadas del temple necesario para resistir la adversidad. Es mucho más sencillo estar contento que descontento, y mucho más saludable. Cuán placentera y alegre puede vivir una familia cuando quienes la forman comprenden en valor que tiene cultivar tal estado de espíritu. Sentirse a gusto no es difícil. Es tan fácil y mucho más agradable encontrar motivos de contento que de descontento en el curso diario de los acontecimientos. No es necesaria sino la voluntad de sentirse satisfecho. La persona sensata sabe que si uno abre las puertas al desencanto, la vida se convierte en una cadena de desilusiones; pero que es asimismo una cadena de satisfacciones, si uno decide sentirse satisfecho. Los pesares están donde uno se los proporciona. Aprendiendo el arte de estar satisfecho contribuimos poderosamente a hacer de nosotros, personas bien equilibradas, eficientes, dichosas y poseedoras de una vida completa y generosa.

Amar al prójimo y participar en la empresa humana: En un mundo en el que la puerta de cada uno está junto a la del vecino, en que nos codeamos en el transporte público y casi tropezamos unos con otros por la calle, resulta desastroso para el equilibrio emotivo. Algunas personas aborrecen a todo el mundo. Al conocer a los que padecen enfermedades de origen emotivo, uno se sorprende de cuántas personas aborrecen a sus semejantes. No son capaces de pronunciar una sola palabra amable dedicada a ningún ser humano, y se muestran despectivas con todo el mundo. Su falta de madurez las ha encerrado en una concha. Y sin embargo, han de vivir en un mundo de seres humanos. Su cooperación en los negocios de la colectividad se limita a apoderarse de lo que ellos necesitan y la sociedad les proporciona. Muchas de las molestias que sufre la gente son una expresión de su desafecto hacia otras personas. Tales aversiones son esencialmente infantiles. La actitud egoísta y egocéntrica es característica de los niños. Esa gente no se culpa a sí misma, sino a los demás, a quienes considera incapaces de sentir amistad. Por otra parte, al encontrarse aislados, empiezan a compadecerse a sí mismos y a creerse perseguidos. Con ello se vuelven hipocondríacos, y arraigan profundamente en ellos los complejos de inferioridad. Todo lo cual, añadido a la simple irritación que le causan las otras personas, hace que lleven una vida desdichada. Una de las perspectivas más agradables de la vida la ofrece el amar al prójimo y participar activamente en la empresa humana, uniendo nuestro esfuerzo a la suma de esfuerzos que la especie realiza para salir del estado y del nivel mental del hombre salvaje. El mayor gozo se cosecha proporcionando gozo a los demás, a los compañeros de trabajo, al vecino de al lado, a los que viven bajo el mismo techo. Un factor importante de madurez se adquiere entrando conscientemente a participar en la empresa humana, sintiéndose parte de la comunidad y considerándose uno mismo como una comunidad individual.

Adquirir el hábito de decir la frase alegre, agradable: Un precioso recurso para ello consiste en mirar al ser amado, estando ya despiertos, y aunque sea una exageración, decirle: “Buen día, querida(o); esta mañana estás preciosa(o)”. Otra pequeña estratagema consiste en acercarse a la ventana, mirar al exterior y con voz clara decir en voz alta: “¡Qué hermosa mañana!” Aún siendo un día lluvioso, exclamarlo con entusiasmo; seguramente, la lluvia es buena para el campo. Parece una acción sencilla, y hasta tonta, pero recompensa. El recurso más positivo para levantar del fango al espíritu, consiste en soltar una serie de observaciones placenteras o, mejor aún, una historia buena y divertida. Cuando más aficionados nos volvamos a las bromas bien intencionadas, a los chistes y al humor, más fácil nos será liberarnos del decaimiento, de la desilusión y de la enfermedad de origen emotivo. Por añadidura, el buen humor es una cualidad que nos traerá el aprecio de los demás. Nadie ama a los aguafiestas; a todo el mundo nos gusta tener alguien al lado que posea el sentido de la alegría y del humor. El sentido del humor es un complemento inapreciable del sentido común.

Enfrentarse con la adversidad convirtiendo la derrota en victoria: Muchas personas contraen enfermedades de origen emotivo a causa de una adversidad. En un instante parece evaporarse todo lo que habían poseído y se encuentran sin saber qué camino tomar. Sobre el desastre se acumulan las sensaciones de inutilidad y desencanto. El fallo fundamental de los que se amilanan ante la adversidad, proviene de una falta de madurez, que se manifiesta en egoísmo y egocentrismo. Sin embargo, no es difícil, si uno conserva los pies sobre el suelo. Cuando hay algo que no se puede cambiar, es mejor aceptarlo y estudiar la manera de seguir viviendo del mejor modo posible.

jueves, 29 de enero de 2009

Principios importantes para enriquecer la vida.


Hay situaciones tremendas que se presentan en la vida y que no se gobiernan tan fácilmente como los momentos enojosos; las hemos sufrido y las seguiremos sufriendo. Ante tales situaciones tremendas hay una manera general de proceder, que debemos tener presente y practicar:

En primer lugar, conserven una apariencia exterior tan tranquila y animada como le sea posible. Ilumine una situación difícil con una chispa de humor, aunque sea humor amargo. A fin de cuentas, el humor amargo es el mejor. En segundo lugar, eviten pasar y repasar su desgracia por su mente, como quien repite un disco una y otra vez. No se pongan irritados o histéricos. Y, sobre todo, no comiencen a compadecerse a ustedes mismos. Como tercer paso, trácense planes para convertir siempre cada derrota en una especie de victoria, recordando que la mejor victoria la constituye el haber conservado el valor, la ecuanimidad y el agrado. Esta victoria le atraerá la admiración de los demás. Y cuarto, ice en el asta bandera de su alma, y haga que ondeen constantemente, estas banderas: Ecuanimidad (Conservar la calma); Resignación (Aceptar gallardamente el contratiempo); Valor (Poder resistir eso y mucho más); Decisión (Transformar esa derrota en una victoria); Jovialidad (Doblarse pero no quebrarse); Complacencia (Conservar el amor a los demás). Ante una situación tremenda y muy difícil, lo mejor que podemos hacer es colaborar con lo inevitable. Para ello, no hay más rescatar la importancia de gobernar el momento común; y todas las horas del día tienen motivos de placer, si sabemos sintonizarlos con nuestra actitud.

La madurez y el equilibrio emotivo darán un gran paso adelante si sabemos mantener determinadas actitudes respecto a varios de los aspectos importantes de la vida, los cuales encierran facetas que parecen ocasionar a muchas personas, grandes conflictos; facetas de la vida en las cuales el ser humano se expone a reaccionar con inmadurez y desarrollando considerable tensión emotiva.

Es mejor formular un plan de acción definido y maduro para gobernarse en estos aspectos de la vida que tanta tensión causan a las personas. Tales principios directores nos ahorrarán una cantidad grande de tensiones.

Viva con sencillez: Conserve su capacidad de aprecio para las cosas sencillas que están siempre al alcance de la mano, pudiéndose obtener fácilmente. No adquiera el hábito de exigir cosas inusitadas para sentirse bien. Si aprendemos a cosechar los placeres en el mundo que se ofrece ante nuestros cinco sentidos, la vida se convertirá en una aventura interesante. Debemos cultivar la facultad de encontrar nuestros mayores y más constantes placeres en las cosas comunes que tenemos siempre a la mano. Una facultad semejante enaltece la vida hasta un punto que jamás sería sobreestimado. Cultivar la capacidad de gozar con lo que se tiene a mano implica vivir de un modo sencillo. Esto no excluye volar hacia las alturas, pero hace que el vuelo sea lo que dice su nombre, o sea un vuelo, después del cual uno regresa y vuelve a apoyar los pies en la tierra firme del mundo de los cinco sentidos, antes de convertir el suelo en un inseguro desdoblamiento permanente sin regreso posible porque no exista un sitio al cual regresar.

Evitar atención excesiva a las enfermedades: Existe un gran número de personas, funcionalmente sanas, pero emotivamente no sanas, que se han hecho a la idea de que no están bien ni esperan estarlo en el futuro. El desarrollo de semejante idea ha sido estimulado, a menudo, por médicos perezosos que les han ofrecido una explicación fácil, atribuyendo a anomalías orgánicas las sensaciones que experimentan. Nunca antes se atacó tanto a la sociedad con tantas advertencias sobre la mala salud, como en nuestros días. Los medios de comunicación sugieren constantemente síntomas, a fin de vender remedios que ni los verdaderos enfermos necesitan. Cualquiera que se encuentre en un estado mental propiciamente receptivo, puede sentir los síntomas necesarios y comprar una botella del brebaje al que se le atribuyen tan extraordinarias virtudes curativas. Se vocean enfermedades, se recitan sensaciones típicas, calificándolas de síntomas, de modo que cualquiera pueda imaginar que padece la enfermedad, o que la padecerá pronto. El público fija su atención en las enfermedades y las teme; este es un factor considerable en la aparición de la enfermedad de origen emotivo. Una persona puede sentir síntomas debidos a emociones negativas. Si no les presta atención, ya sea porque sabe de qué se trata o porque tenga otras cosas más importantes en qué pensar, no puede decirse que sufra le enfermedad de origen emotivo. Pero desde el momento en que nota y acepta que éstos le hacen desdichado, entonces sufre la enfermedad. Es mejor convencerse que poseemos un organismo sano; es la manera de cuidar la salud. Revisen su estado de salud con regularidad. Entre cada examen crean firmemente que están sanos. Si ocurre algo que proyecte en la mente la sombra de una duda, respecto al organismo, vayan al doctor; si los temores resultan infundados, como sucede generalmente, no piensen más en ello. Es mucho más agradable saber que uno está bien, que creer que, pese a lo que el médico dice, albergamos una dolencia.

Aprender a amar el trabajo: Una persona que se haya convencido a sí misma de que no le gusta el trabajo, mientras trabaja sufre una monótona repetición de emociones desagradables y se encuentra en plena ruta hacia una enfermedad de origen emotivo. A menos de que aspiremos a terminar en prisión o viviendo de la caridad, es mejor persuadirnos de que nos gusta el trabajo. Una actitud enemiga hacia el trabajo acarrea emociones desagradables por más de una vía. Lo fundamental de la cuestión es que el individuo quiera trabajar. Si una persona ama el trabajo y ha aprendido la alegría sencilla de hacer bien algo, se está contento de producir alguna cosa de valor para la sociedad, todo el tiempo que esté trabajando generará emociones agradables en su propio provecho, así como en provecho de la empresa que lo contrató. Una persona con trabajo más que suficiente para pasar el tiempo ocupada, y que le guste trabajar, raramente contrae enfermedades de origen emotivo. El trabajo es una terapéutica. Amar el trabajo constituye una magnífica profilaxis contra las enfermedades de origen emotivo.

Tener un buen entretenimiento: Para una vida dichosa es absolutamente esencial tener un interés creativo, aparte del trabajo. Dos necesidades básicas, comunes a todos, son las de conocer experiencias nuevas y la de desarrollar un esfuerzo creativo. Un buen entretenimiento satisface las dos. Sin un entretenimiento preferido, el tiempo libre se convierte en un periodo de aburrimiento durante el cual, nuestras mentes tienden a enfrascarse más y más en los problemas que nos inquietan.

lunes, 24 de noviembre de 2008

El contenido de las cartas

“Escribir. Esgrimir la pluma sobre el papel y continuar con esta aventura –anímica por demás—que significa traducir en signos de lenguaje mis ideas de lenguaje. Ante todo, expresarme; ese es mi reto. Remover la cabeza, el cerebro, organizando y comprendiendo las impresiones, las emociones, las visiones, las ideas y las conclusiones, para después practicar la sencillez y la claridad, al momento de escribir mis ideas y mis mensajes.

Confieso que no siempre logro escribir con sencillez y claridad, y siempre me sorprende y me emociona la gente que se expresa con maestría y estilo propio –como tú--. Mi escritura, como mi lenguaje, son los verdaderos reflejos de mi pensamiento. Se notan tan estables o inestables como mi espíritu; y al fin corresponden exactamente a mi estado anímico, a mis esperanzas, mis decepciones, mi felicidad o mi amargura.

Como sea, la escritura significa para mí una de las formas más contundentes de desarrollo y crecimiento. Puedo decir que ha sido, y es, mi tabla de salvación. A través de las letras ha tomado forma una parte fundamental de mi persona y representa una de las ventanas de expresión y desahogo de mi alma. Y no solamente en desahogo; también en medio de comunicación y uno de los vínculos más estrechos con los que busco y puedo unirme a las personas que me son importantes. Sea pues, aceptada esta escritura, como una parte de mí y de mi cariño y amor.

Escribo esta serie de notas con el ferviente deseo de estar junto a ti cada vez que las leas; con la firme decisión de acompañarte y el contundente convencimiento de que sientas el calor de la parte de mi amor que para ti se vierte en cada letra. En otra dimensión, también escribo para ti, acaso escribiendo para mí, para sentirte cerca cada vez que lo hago; ya que la única forma de apoderarnos hondamente de los seres, de las cosas y de los ambientes que tratamos, usamos y amamos es volviendo a ellos a través del recuerdo, o inventándolos al darles un nombre, o al escribir para ellos o sobre ellos.”

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“Pienso brevemente en los meses o años previos a nuestro encuentro. Vidas en desarrollo, fabricando y matizando circunstancias. Pero al mismo tiempo, en el pozo profundo de nuestras esencias, algunos elementos maduraban en soledad, esa soledad, atributo de todo lo precursor. No existe otra clave más clara para explicar y entender la chispa surgida de la “feliz circunstancia” que significó nuestro encuentro.

Ahora sabemos que la emoción pasa por la abstracción y que el análisis sirve a la pasión. La pasión sirve y estimula la reflexión, cuyas complejidades y matices permiten a las impresiones, convertirse en ideas. El fundamento de nuestro trato es el diálogo, el arte del debate profundo, que lleva a la reflexión más densa. Transcurrimos –con sutileza—del juego intelectual al debate filosófico, el cual se eleva cada vez; el pensamiento surgido de nuestro diálogo se generaliza; entonces las explicaciones sobre las nimiedades se anulan frente al gran pensamiento de nuestras reflexiones, nuestros comentarios y nuestras conclusiones.”