lunes, 24 de septiembre de 2007

El Valor, fundamento del Amor

Sea cual sea tu destino sentimental, no pierdas el valor. Sobre todo, no vayas a creer que no habiendo conocido la felicidad del amor, ignoras por completo la gran felicidad de la existencia humana. Así tome la felicidad la forma de un río, de un arroyo subterráneo, de un torrente o de un lago, no tiene más que una sola fuente en los lugares secretos de nuestro corazón, y el más desdichado de los hombres puede formarse una idea de la más grande de las felicidades.

Hay en el amor una embriaguez, pero esa embriaguez no dejaría, en el fondo de un corazón grave y sincero, más que una gran melancolía, si no se encontrara en el amor verdadero, algo más seguro, más profundo, más inconmovible que la embriaguez; y lo más seguro, lo más profundo, lo más inconmovible que hay en el amor, es también lo más seguro, lo más profundo, lo más inconmovible que hay en una noble vida.

El menos favorecido de nosotros puede ser justo, leal, dulce, fraternal, generoso; el menos bien dotado puede acostumbrarse a mirar en torno suyo sin malevolencia, sin envidia, sin rencor, sin tristeza inútil; el más desheredado puede tomar no sé qué silenciosa parte, que no es siempre la menos buena, en la alegría de aquellos que lo rodean; el menos hábil puede saber hasta qué punto perdona una ofensa, disculpa un error, admira una palabra y una acción humanas; y el menos amado puede amar y respetar el amor.

Obrando así se inclina sobre la fuente ante la que van los felices a agacharse también en las horas ardientes de la felicidad. Muy en el fondo de las felicidades del amor, como en el fondo de la humilde vida del justo a quien el azar no ha querido sonreír, sólo son inalterables e inmóviles la justicia, la confianza, la benevolencia, la sinceridad, la generosidad. El amor da un poco más de brillo a esos puntos luminosos; y por eso es que hay que buscar el amor. La mayor ventaja del amor es que abre nuestros ojos para ciertas verdades pacíficas y dulces.

La mayor ventaja del amor es que nos da la oportunidad de amar y de admirar, en un objeto único, lo que no habríamos tenido ni la idea ni la fuerza de amar o de admirar en mil objetos diversos; es que así nos ensancha el corazón para lo porvenir. Pero en la base del amor más maravilloso, no hay más que una felicidad muy simple, una ternura y una adoración muy comprensibles, una confianza, una seguridad y una sinceridad muy accesibles, una admiración y un abandono muy humanos que, de la mano de la buena voluntad, todos podemos cultivar con un poco menos de amargura, un poco menos de impaciencia, un poco más de iniciativa, un poco más de energía.

lunes, 10 de septiembre de 2007

Las posesiones del Amor

Hay a veces destinos tan completamente felices; pero si toda persona tiene más o menos el derecho de esperar uno semejante, haría mal en aprisionar su vida en esa esperanza. No puede más que prepararse para ser digno un día de un amor de tal género, y a medida que se prepare, su espera se hará más paciente.

¿No serías tú quien habría traído lo mejor que hubiera habido en el amor que echas de menos?. El alma no posee al fin más que lo que puede dar, ¿no es ya poseer un poco acechar incesantemente la oportunidad de dar?. No, no hay, creo yo, en esta tierra, felicidad más deseable que un admirable y largo amor; pero si no lo encuentras, lo que hiciste para ser digno de él, no se perderá para la paz de tu corazón, para la tranquilidad más valerosa y más pura de tu vida.

Siempre se puede amar. Ama admirablemente por tu cuenta y tendrás casi todos los goces de un amor admirable. Aún en el amor más perfecto, la felicidad de los dos amantes más unidos no es exactamente la misma, y, con toda certeza, el más bueno, será el que ame mejor, y el que ame mejor será el más feliz. No es tanto por la felicidad del otro sino por nuestra propia felicidad, que debemos hacernos dignos del amor.

No se imaginen que en las horas desgraciadas de un amor desigual, sea el más justo, el más sabio, el más generoso, el más noblemente apasionado quien sufra más. Casi nunca es el más bueno la víctima a la que hay que compadecer. No se es víctima del todo sino cuando se es víctima de las propias faltas, de los propios errores, de las propias injusticias. Por imperfectos que seamos, podemos bastar al amor de un ser maravilloso, pero el ser maravilloso no bastará a nuestro amor si no somos perfectos.

La vida puede traer hasta nosotros al gran amor, a una persona adornada con todos los dones de la inteligencia y del corazón, no nos daremos cuenta si no hemos aprendido a conocer y a amar esos dones en la vida real, y ¿qué es, después de todo, la vida real para cualquier persona, sino su propia vida?. Nuestra lealtad es la que florecerá en la lealtad de la amante; nuestra verdad es la que se apaciguará en su verdad y la fuerza de nuestro carácter será la que disfrute de la fuerza que se encuentra en el suyo. Pero una virtud del ser amado que no encuentre, en la entrada de nuestro corazón, una virtud que se le parezca un poco, no sabe a qué manos confiar la alegría de que es portadora.

lunes, 27 de agosto de 2007

El Amor Ideal

Si buscan un gran amor, ¿creen posible encontrar un alma tan hermosa como sus sueños, si sólo sus sueños salen en su búsqueda?. ¿Es justo ofrecer más que deseos, votos y sueños sin forma, y exigir, en cambio, palabras precisas y actos decisivos?.

No se tiene ninguna probabilidad de encontrar el ideal fuera de uno mismo sino después de haberlo cumplido, hasta donde es posible, dentro de uno mismo. ¿Esperas conocer y retener a una alma leal, profunda, amante, fiel, inagotable; a una alma vasta, viva, espontánea, independiente, valiente, benévola y generosa, si no sabes tan bien como ella lo que son la lealtad, el amor, la fidelidad, el pensamiento, la vida, la espontaneidad, la independencia, el valor, la benevolencia, la generosidad?.

Nada más exigente, nada más torpe, nada más ciego como la bondad, la belleza, la perfección moral en estado de deseo. Si quieres hallar el alma ideal empieza por parecerte tú mismo al ideal que buscas. No hay otro medio de obtenerlo. Y es justo que sea siempre así. A medida que su ideal se realice con el contacto de la vida se extenderá, se dulcificará y mejorará. Entonces descubrirán sin trabajo en lo que aman, lo que es verdaderamente hermoso, lo que es sólidamente bueno, lo que es eternamente verdadero en ustedes mismos; porque nada nos advierte tanto el bien que está en torno nuestro, como el bien que está en nuestro corazón.

Entonces, en fin, concederán menos importancia a imperfecciones que no herirán ya en ustedes la vanidad, el egoísmo o la ignorancia; es decir, a imperfecciones que no serán ya semejantes a las suyas; porque el mal que está en nosotros, es el que soporta con menos paciencia el mal que se encuentra en los demás.

Tengamos confianza en el amor, lo mismo que tenemos confianza en la vida. El pensamiento más funesto es el que tiende a desconfiar de la realidad. El amor no destruye en un corazón más que los objetos frágiles, y si lo rompe todo es porque todo era frágil en él. Hay seguramente, en el amor, como en el resto de nuestro destino, muchas casualidades felices o desgraciadas. El amor que resiste a los años está hecho de esos cambios deliciosamente desiguales, y en los cuales lo que se da es lo que se posee por fin, y lo que se recibe, lo que ya no se es el único en poseer.

lunes, 13 de agosto de 2007

¿A quién se puede amar?

¿A quién se puede amar?... Hay multitud de almas en el mundo que pierden los mejores años del amor en hacerse, respecto de su porvenir sentimental, preguntas de este género. En el imperio del destino, la mayor parte de las quejas, de las lamentaciones, de las esperas ociosas, de los temores vanidosos, de las esperanzas desproporcionadas, se agolpan en torno de la imagen del amor.

Entre las almas que menos esfuerzos han hecho para comprenderse, es donde en general se encuentran más almas no comprendidas. En general, el ideal más débil, más reducido y más arbitrario es el que se alimenta, con mayor abundancia, de temores, de decepciones, de exigencias y de mezquinos desprecios. Tememos, sobre todo, que lastimen o desconozcan las virtudes, los pensamientos, las cualidades y las bellezas morales que no poseemos aún más que en la imaginación. Sucede con los méritos de esta clase como con los bienes materiales; que la esperanza se adhiere más obstinadamente a aquellos que probablemente no se tendrá jamás la fuerza de adquirir.

Cuando somos en realidad puros, desinteresados y sinceros; cuando nuestros pensamientos se elevan habitual y simplemente por encima de la vanidad o del egoísmo instintivo, nos preocupamos mucho menos de que quienes nos rodean nos aprueben, nos comprendan, nos admiren. Es cuando se cree que lo mejor de la virtud se encuentra precisamente en lo que todos pueden admitir sin esfuerzo. Lo que se desconoce, no sin razón porque siempre hay una razón superior en la inercia general de un sentimiento; lo que se desconoce son las virtudes enfermizas a las cuales concedemos demasiada importancia; y es enfermiza toda virtud a la que damos gran importancia y para la cual exigimos respetuosa atención.

Pero nada debe esperarse lejos de la verdad. A medida que nuestro ideal mejora, admite mayor número de realidades; a medida que nuestra alma se engrandece, menos teme no encontrar otra alma de su talla; porque un alma que se engrandece es un alma que se acerca a la verdad, y no lejos de la verdad todo participa de la grandeza de la verdad misma.

Podemos contar los pasos que damos en el camino de la verdad, por el aumento de la curiosidad, del amor, del respeto y de la admiración hacia todo lo que no nos acompaña en la vida.

Parece natural que un corazón noble espere un gran amor; pero es mucho más natural aún que ame esperando, y que mientras ama no crea esperar. En el amor, lo mismo que en la vida, es casi siempre inútil esperar; amando es como se aprende a esperar, y con las supuestas desilusiones de los pequeños amores es con lo que se alimentará más fácil y más seguramente la llama inconmovible del gran amor que vendrá tal vez a iluminar el resto de la vida.

Se es a menudo injusto con las desilusiones. Se les da un rostro pálido, triste, desalentado; son, por el contrario, las primeras sonrisas de la verdad. La mayoría es gente de buena voluntad, aspirantes a ser justos, útiles, sabios y felices; pero si una desilusión los entristece ¿es acaso que echan de menos la mentira en la que se encontraban?. ¿Prefieren vivir en el mundo de sus errores y de sus sueños que en la realidad?. Las horas mejores de las mejores voluntades se pierden muy a menudo en torno de la lucha de un sueño hermoso contra una ley inevitable, cuya belleza no perciben sino hasta después de que el hermoso sueño ha agotado sus fuerzas.

Si el amor, verbigracia, los ha engañado, ¿creen que les hubiera sido más provechoso creer, durante toda su vida que el amor es lo que no es, lo que no puede ser?. ¿Creen que una ilusión de tal género no falsea sus actos más importantes, y no vela por mucho tiempo una parte de la verdad que quieren alcanzar?. Y si esperan hacer grandes cosas y la desilusión los coloca de nuevo en su sitio entre las cosas de segundo orden, ¿es justo que maldigan, hasta el fin de sus días, al enviado de la verdad?.

En resumidas cuentas, ¿no es esa la verdad misma que nuestra ilusión buscaba, si era sincera?. Aprendamos a formarnos con nuestras desilusiones una guardia de amigas misteriosas y fieles, de consejeras incorruptibles. Si alguna de ellas, más cruel que las demás, nos abate un momento, no nos digamos sollozando: la vida no es tan hermosa como nuestros sueños; digámonos: algo faltaba a nuestros sueños puesto que no fueron aprobados por la vida. En suma, toda la tan ponderada fuerza de las almas fuertes no está hecha más que de desilusiones que esas almas han acogido bien. Cada decepción, cada amor desdeñado, cada esperanza aniquilada, agrega cierto peso al peso de nuestra verdad, y mientras más caen las ilusiones a nuestro alrededor, más noblemente, más seguramente aparece la gran realidad, como el sol, que se percibe más claramente entre las desnudas ramas de la selva invernal.

martes, 31 de julio de 2007

La Copa de nuestro Destino

Los destinos oscuros nos enseñan que aún en el seno de las grandes desgracias físicas, nada hay irreparable; quejarse del destino es casi siempre quejarse de la indigencia del alma. En los días de angustia y de infortunio es cuando se conoce por fin el valor único y verdadero de la vida.

El grito de todos los que conocieron el amor, de todos aquellos cuya alma supo hallar un interés, una curiosidad, una esperanza, un deber en la vida, poseen la llama que anima en el fondo de su noche, así como anima al sabio en el fondo de las horas uniformes. El amor es el sol inconsciente de nuestra alma.

El amor no siempre piensa; muy a menudo no necesita de ninguna reflexión, de ninguna concentración sobre sí mismo para disfrutar de todo lo mejor que hay en el pensamiento; pero lo mejor que hay en el amor no es menos semejante a lo mejor que hay en el pensamiento. Cuando amamos, es porque no vemos sino la faz luminosa de nuestros sufrimientos; pero reflexionar, meditar, mirar más allá de la pena, y obrar más alegremente de lo que se necesitaría dentro del orden aparente del destino, ¿no es hacer voluntaria y seguramente lo que sólo hace el amor, a pesar suyo, por una feliz casualidad?.

A cualquier lugar donde vayamos, el río de la vida corre con abundancia bajo las bóvedas celestes. Lo que a nosotros nos importa, no es la extensión, la profundidad o la violencia del río que pertenece a todos y que corre siempre, sino la pureza y la capacidad de la copa que sumerjamos en él. Cuanto podemos absorber de la vida toma por fuerza la forma de esa copa, y ésta, por su parte, ha sido modelada sobre nuestros sentimientos y sobre nuestros pensamientos; en una palabra, sobre el seno de nuestro destino íntimo. Tenemos la copa que nos hemos hecho; casi siempre se tiene lo que se ha aprendido a desear. Así que, aprender que nuestro deseo podría ser más hermoso, ¿no es ya embellecerlo?.

El que espera un sentimiento más ardiente y más generoso no tiene por qué quejarse. No tiene de qué quejarse el que espera el deseo de un poco más de felicidad, de un poco más de belleza y de justicia.

lunes, 16 de julio de 2007

Del Pensamiento a la Acción: El ejercicio de la Vida

Mientras más se vive, mejor se ve que casi no hay genio en lo extraordinario y que la verdadera superioridad está formada por los elementos que todos los días ofrecen a todas las personas. En esto, como en todo lo demás, se trata de la vida interior. De la misma potencia, la misma vitalidad, la misma abundancia de amor, la misma sonrisa interna del ser que parece saber a donde va, la misma amplia certidumbre del alma que ha logrado hacer la paz en las alturas con las grandes incertidumbres y las grandes miserias de este mundo.

No todo el mundo tiene derecho a esperar. Se hace mal en morir virgen. ¿No es acaso el primer deber de todo ser el de ofrendar a su destino todo lo que se pueda ofrecer a un destino humano?. Más vale una obra inacabada que una vida incompleta. Conviene despreciar las satisfacciones vanidosas o inútiles, pero no es cuerdo rechazar las principales probabilidades de una felicidad esencial. No le está prohibido al alma desgraciada alimentar nobles pesares.

¡Qué largo, qué estrecho es, en casi todos los seres, el camino que conduce de su alma a su vida!. Sucede con nuestros pensamientos de audacia, de justicia, de lealtad y de amor, lo que con las bellotas: miles se pierden y se pudren en el musgo. En cuanto hay acción intervienen los instintos, el carácter se impone y el alma, la parte superior del ser, nos parece aniquilada.

Nada se hace mientras no hemos aprendido a endurecernos las manos, mientras no hemos aprendido a transformar el oro y la plata de nuestros pensamientos en una llave que no abre ya la puerta de marfil de nuestros sueños, sino la puerta misma de nuestra casa; en una copa que no sólo contiene el agua maravillosa de nuestras ilusiones, sino que no deja huir el agua muy real que cae sobre nuestro techo; en una balanza que no se conforma con pesar vagamente lo que vamos a hacer en lo porvenir, sino que señala con exactitud el peso de lo que hicimos hoy. El más alto ideal no es sino un ideal provisorio en tanto que no penetre familiarmente en todos nuestros miembros.

Es preferible obrar a veces contra el pensamiento, a no atreverse nunca a obrar de acuerdo con los pensamientos. El error activo es raras veces irremediable; las cosas y las personas se encargan de corregirlo pronto; pero, ¿qué pueden hacer en contra del error pasivo, que evita cualquier contacto con la realidad?. Se necesita un mar de buena voluntad para poner en movimiento el menor acto de justicia o de amor. Es preciso que nuestras ideas sean diez veces superiores a nuestra conducta para que nuestra conducta sea simplemente honrada. Es necesario querer enormemente el bien para evitar un poco el mal. Por eso se necesita ser heroico en los pensamientos, para ser, a lo sumo, aceptable o inofensivo en las acciones.

lunes, 2 de julio de 2007

El contenido del Corazón

¿De qué lado se debe considerar la vida para descubrir su verdad, para juzgarla, aprobarla y amarla?. Es raro que pueda sorprenderse así la vida de un alma en un cuerpo que no tuvo aventuras; pero menos raro de lo que se cree, es que un alma tenga una vida personal casi independiente de los acontecimientos de la semana o del año.

Cuanto se produce en torno suyo, todo lo que percibe y todo lo que oye se transforma en ella en pensamientos, en sentimientos, en amor indulgente, en admiración, en adoración por la vida. El agua que vierte una nube es para quien la recoge; y la felicidad, la hermosura, la inquietud saludable o la paz que se encuentran en un gesto del azar no pertenecen sino a quien ha aprendido a reflexionar.

La última palabra de una existencia es palabra que el destino cuchichea en lo más secreto de nuestro corazón. Hay una vida interior tan real, tan experimentada, tan minuciosa como la vida de fuera. Se puede vivir, se puede amar, se puede odiar, sin tener a alguien a quien rechazar o a alguien a quien esperar. El alma se basta para todo. A cierta altura ella es la que decide. Las circunstancias no son tristes o infecundas sino para aquellos cuya conciencia duerme todavía.

Debe haber siempre en el corazón, luz, alegría silenciosa, confianza, curiosidad, animación y esperanza. Es perfectamente posible existir sin reflexionar, pero no es posible reflexionar sin vivir. La esencia feliz o desgraciada de un acontecimiento se encuentra en la idea que de él se extrae: para los fuertes, en la idea que ellos mismos extraen; para los débiles, en la que de él extraen los otros. La felicidad íntima está exactamente representada por su moral y su concepción del universo. He aquí el claro que en el bosque de los accidentes, debería medirse siempre al final de una vida, para estimar la extensión de una felicidad.

Una alegría destrozada no agobia sino cuando se le pasea sin razón, como el leñador que no descargara nunca su fardo de madera. Pero la madera muerta no es para que se la pasee siempre a cuestas, sino para que se le encienda y se transforme en llamas deslumbradoras. No hay desgracia sin horizonte, no hay tristeza sin remedio para aquel que, sufriendo y afligiéndose como todos los demás, aprende a seguir en el fondo de la tristeza y en el fondo de la desgracia, el gran gesto de la naturaleza, que es el único gesto real. El sabio nunca puede decir que sufre, porque domina su vida; la juzga a vuelo de pájaro, y si sufre hoy es porque ha vuelto su pensamiento del lado de la parte inacabada de su alma.

Perdonar es también no comprender sino a medias. Admirar, admitir, amar. Admite y ama al bien tanto como el mal, porque, después de todo, el mal es el bien que se equivoca. Nos enseña, a la manera con que los años y los hombres nos enseñan las verdades que estamos en aptitud de recibir, la impotencia final de la maldad ante la vida, el apaciguamiento de todo en la naturaleza y en la muerte, que no es más que el triunfo de la vida sobre una de sus formas particulares. La inutilidad de la mentira más hábil y más llena de fuerza y de genio, ante la verdad más débil y más ignorante, y las decepciones del odio que siembra, sin saberlo, la felicidad y el amor en el porvenir que creía devastar.

miércoles, 6 de junio de 2007

El poder y el atractivo misterioso de la verdadera Felicidad

Parece que por un momento se ponen a la altura normal de un alma tranquila y fuerte, las estériles vanidades, las satisfacciones brillantes pero provisorias, esas mentiras que hablan alto pero que tiemblan en la sombra. Acontece, más o menos, lo que sucede cuando los niños se divierten con juegos prohibidos, arrancan o aplastan flores, se preparan a robar frutas, o torturan a algún animal inofensivo, y pasan un sacerdote o un anciano que no piensan, sin embargo, en regañarlos... Los juegos se interrumpen bruscamente; hay un despertar de conciencia asustada, y las miradas temerosas se fijan a pesar suyo, en el deber, en la realidad y en la verdad.

Pero las personas, por lo común, no se detienen mucho más tiempo que los niños para seguir con la vista al anciano, al sacerdote o a la reflexión que se alejan. No importa: han visto; porque el alma humana, no obstante que los ojos se vuelvan o se cierren demasiado voluntariamente, es más noble de lo que, para su tranquilidad, lo desearían la mayor parte de las personas, y entrevé sin trabajo lo que es superior al instante inútil por el que se trata de interesarla. En vano es cuchichear a lo largo del camino del sabio que desaparece: ha trazado, sin saberlo, en los errores y en las vanidades, un surco que no se borrará tan pronto como se cree. Ese surco reverdecerá, sobre todo, a la hora inesperada de las lágrimas.

Apenas si nos interrogamos acerca de la felicidad en los días en que nos creemos dichosos; pero venga el instante del sufrimiento, y no tenemos dificultad en recordar el sitio donde se esconde una paz que no depende de un rayo de sol, de un beso rehusado o de una desaprobación real. Si quieres saber en dónde se esconde la felicidad más segura, no pierdas de vista las gestiones de los miserables en busca de consuelo. El dolor se parece a la varita adivinatoria de la que se servían antaño los buscadores de tesoros o de manantiales de agua; indica al que la lleva la entrada de la morada en donde se respira la paz más profunda.

Debemos discernir la presencia de una felicidad que no nace de la benevolencia o del brillo de una hora, sino de la aceptación amplificada de la vida.. El alma que llora definitivamente percibe la alegría que se esconde en el retiro o en el silencio más impenetrables. Y en cuanto la conciencia despierta y se pone a vivir en un ser, hay un destino que comienza. Se trata de la conciencia activa que acepta el acontecimiento, sea cual sea, como una reina, que, aunque se la haya arrojado a una cárcel, sabe aceptar una dádiva.

martes, 22 de mayo de 2007

Los Sentimientos: Valor y Luz de la Vida

Tenemos pensamientos que creemos muy profundos y mejores, y sobre los cuales establecemos nuestra felicidad moral y todas las certidumbres de nuestra vida. Sin embargo, lo que vale, lo que ennoblece e ilumina nuestra vida, es, más que nuestros pensamientos, los sentimientos que despiertan en nosotros. El pensamiento es, tal vez, el objeto; pero sucede con él como con el objeto de muchos viajes: el trayecto, las etapas, lo que se encuentra en el camino, lo imprevisto que nos acontece, es lo que nos interesa más. Lo que queda aquí, como en todo, es la sinceridad de un sentimiento humano. De una idea, nunca sabemos si nos engaña; pero el amor con que la hemos amado recaerá sobre nosotros sin que una sola gota de su claridad o de su fuerza se pierda en el error. Lo que constituye, lo que alimenta el ser ideal que cada uno de nosotros se esfuerza por formar en sí mismo, no es tanto el conjunto de las ideas que perfilan su contorno, sino, la pasión pura, la lealtad, el desinterés con que rodeamos esas ideas. La manera con que amamos lo que creemos ser una verdad, tiene más importancia que la verdad misma. ¿No nos hacemos mejores, más por el amor que por el pensamiento?. Amar lealmente un gran error vale más, a menudo, que servir bajamente a una gran verdad.

Esa pasión, ese amor, pueden encontrarse en la duda y en la fe. Lo mejor que hay en un pensamiento que nos parece muy alto, muy puro o profundamente incierto, es que nos ofrece la ocasión de amar alguna cosa sin reserva. El metal precioso que se encuentre un día en el fondo de las cenizas del amor no provendrá del objeto de ese amor sino del amor mismo. Lo que deja una huella que no se borra es la sencillez, al ardor, la firmeza de un afecto sincero. Todo pasa, se transforma, se pierde tal vez, menos la irradiación de esa profundidad, de esa firmeza, de esa fecundidad de nuestro corazón.

Los pensadores son quienes viven del lado de la fidelidad a los mejores pensamientos de la amistad, de la lealtad, del respeto a sí mismo y de la satisfacción interior; pasan bajo una luz sencilla y apacible entre las vanidades, las ambiciones, las mentiras y las traiciones. Son sabios; no salen de la vida; permanecen en la realidad. No basta amar a Dios ni servirle lo mejor que se pueda, para que el alma humana se fortalezca y se tranquilice. No se llega a amar a Dios sino con la inteligencia y con los sentimientos que se han adquirido y desarrollado con el contacto de las personas. El alma humana sigue siendo profundamente humana a pesar de todo. Se puede enseñarle a amar muchas cosas invisibles; pero una virtud, un sentimiento completa y simplemente humano la alimentará siempre más eficazmente que la pasión o la virtud más divinas. Cuando encontramos un alma en verdad tranquila y sana, estemos seguros de que debe su salud y su tranquilidad a virtudes humanas. Las llamas de todas las virtudes se albergan en el alma y en el corazón.

Tal vez se necesiten, en una hermosa vida, menos horas heroicas que semanas graves, uniformes y puras. Quizás una alma recta y absolutamente pura sea más preciosa que una alma tierna y abnegada. Si de ella se debe esperar un poco menos de abandono, un poco menos de entusiasmo en las aventuras excesivas de la existencia, se puede descansar en ella con más confianza y más certeza en las circunstancias ordinarias, ¿y qué persona, por extraña, por agitada, por gloriosa que sea su vida, no la pasa casi toda en circunstancias ordinarias?.

Hay que volver siempre a la vida normal; allí es donde se encuentra el suelo firme y la roca primitiva. Exige una fuerza más constante, no dejarse nunca tentar por un pensamiento inferior, y llevar una vida menos altiva, pero más igualmente segura. Nuestro deseo de perfección moral al nivel de la verdad cotidiana, para reconocer que más fácil es hacer por momentos un gran bien que no hacer nunca el menor mal, hacer sonreír algunas veces que no hacer llorar nunca.

En la vida, muchas felicidades, muchas desgracias sólo son debidas al azar; pero la paz interior no depende nunca de él. Para el instinto del alma, las vivencias y sus resultados siempre son útiles... Pensamientos, afectos, dolores, convicciones, decepciones, aún las dudas, todo les sirve, y lo que la tempestad destroza al arrancarlo, se hace más fácil de manejar para reconstruir algo más lejos un edificio menos orgulloso pero más apropiado para las exigencias de la vida.

Ocurre con las raíces de la felicidad interna lo que con las de los grandes árboles: las que más azota la tempestad son las que más a menudo acaban por tener más poderosas y más nutritivas raíces en el suelo eterno; y el destino que nos sacude injustamente sabe tanto de lo que ocurre en el alma como puede saber el viento de lo que sucede bajo tierra.

lunes, 9 de abril de 2007

El Alma, escenario del Destino

En el conjunto de las vivencias cotidianas, no es el destino, sino el alma la que debe tener elevación. Aquel para quien tales cosas representan el destino de un ser, no tiene la menor idea de lo que es un destino. ¿Por qué desdeñar el hoy?. Desdeñar el hoy es demostrar que no se ha comprendido el ayer. El hoy tiene sobre el ayer, que ya no es, la ventaja de existir y de estar hecho para nosotros. El hoy, cualquiera que sea, sabe más largo que el ayer, y por consecuencia es más vasto y más bello.

¿No puede un destino ser hermoso y completo por sí mismo?. Una alma verdaderamente fuerte que dirige una mirada hacia atrás, ¿se detendrá en los triunfos de que fue objeto, si tales triunfos no sirvieron para hacerla reflexionar acerca de la vida, para aumentar en ella la noble humildad de la existencia humana, para hacerla amar mucho más el silencio y la meditación en los que se recogen los frutos madurados en algunas horas al calor de las pasiones que la gloria, el amor, el entusiasmo ponen en efervescencia?. Al final de esas fiestas y de esas acciones heroicas, benéficas o armoniosas, ¿qué le quedará fuera de algunos pensamientos, de algunos recuerdos, de algún aumento de conciencia, en una palabra, y un sentimiento más tranquilo, más extenso también de la situación del humano sobre esta tierra?.

En el momento en que los deslumbradores ropajes del amor, del poder o de la gloria, caigan en torno nuestro para la hora del descanso. ¿Qué nos llevamos al retiro en donde la felicidad de cualquier vida acaba por pesarse por el peso del pensamiento, por el peso de la confianza adquirida, por el peso de la conciencia?. ¿Se encuentra nuestro verdadero destino en lo que ocurre en torno nuestro o en lo que vive en nuestra alma?. Por potentes que sean los rayos de la gloria o del poder de que disfruta una persona, su alma no tarda en justipreciar los sentimientos que le proporciona cualquier acción exterior, y se da pronto cuenta de su verdadera nulidad, al no encontrar nada cambiado, nada nuevo, nada más grande en el ejercicio de sus facultades físicas. La felicidad depende de las impresiones personales que se experimentan y de las cuales se mantiene una memoria, ya que las almas de las que aquí hablamos no conservan recuerdo de todas las aventuras de su vida, sino de las que las hicieron un poco más grandes, un poco mejores.

Si un hermoso destino exterior no es indispensable, se necesita, sin embargo, esperarlo y hacer lo que se pueda para obtenerlo, como si se le concediera la mayor importancia. El gran deber del pensador es llamar a todos los templos, a todas las moradas de la gloria, de la actividad, de la dicha, del amor. Si nada se abre después de un serio esfuerzo, tras una larga espera, quizá haya encontrado en el esfuerzo y en la espera misma el equivalente de la claridad y de las emociones que buscaba. Actuar es anexar a nuestra reflexión campos de experiencia más amplios. Obrar es pensar más pronto y más completamente de lo que el pensamiento puede hacerlo. Actuar, no es pensar ya sólo con el cerebro, es hacer pensar a todo el ser. Obrar, es cerrar en el sueño, para abrirlas en la realidad, las fuentes más profundas del pensamiento. Pero no es necesariamente triunfar. Actuar, es también ensayar, esperar, tener paciencia. Obrar, es también escuchar, recogerse, callarse.

El esfuerzo y el recuerdo de las acciones son fuerza viva y preciosa porque el esfuerzo que hacemos y el recuerdo de lo que hemos hecho, transforman en nosotros, muchas veces, más cosas que el pensamiento más alto que, moral e intelectualmente, valdría mil esfuerzos o recuerdos de esos. Sí, y esto es lo único que debería envidiarse de un destino agitado y brillante; a saber, que extiende y despierta cierto número de sentimientos y de energías que jamás habrían salido de su sueño o del encierro de una existencia demasiado apacible.