martes, 22 de mayo de 2007

Los Sentimientos: Valor y Luz de la Vida

Tenemos pensamientos que creemos muy profundos y mejores, y sobre los cuales establecemos nuestra felicidad moral y todas las certidumbres de nuestra vida. Sin embargo, lo que vale, lo que ennoblece e ilumina nuestra vida, es, más que nuestros pensamientos, los sentimientos que despiertan en nosotros. El pensamiento es, tal vez, el objeto; pero sucede con él como con el objeto de muchos viajes: el trayecto, las etapas, lo que se encuentra en el camino, lo imprevisto que nos acontece, es lo que nos interesa más. Lo que queda aquí, como en todo, es la sinceridad de un sentimiento humano. De una idea, nunca sabemos si nos engaña; pero el amor con que la hemos amado recaerá sobre nosotros sin que una sola gota de su claridad o de su fuerza se pierda en el error. Lo que constituye, lo que alimenta el ser ideal que cada uno de nosotros se esfuerza por formar en sí mismo, no es tanto el conjunto de las ideas que perfilan su contorno, sino, la pasión pura, la lealtad, el desinterés con que rodeamos esas ideas. La manera con que amamos lo que creemos ser una verdad, tiene más importancia que la verdad misma. ¿No nos hacemos mejores, más por el amor que por el pensamiento?. Amar lealmente un gran error vale más, a menudo, que servir bajamente a una gran verdad.

Esa pasión, ese amor, pueden encontrarse en la duda y en la fe. Lo mejor que hay en un pensamiento que nos parece muy alto, muy puro o profundamente incierto, es que nos ofrece la ocasión de amar alguna cosa sin reserva. El metal precioso que se encuentre un día en el fondo de las cenizas del amor no provendrá del objeto de ese amor sino del amor mismo. Lo que deja una huella que no se borra es la sencillez, al ardor, la firmeza de un afecto sincero. Todo pasa, se transforma, se pierde tal vez, menos la irradiación de esa profundidad, de esa firmeza, de esa fecundidad de nuestro corazón.

Los pensadores son quienes viven del lado de la fidelidad a los mejores pensamientos de la amistad, de la lealtad, del respeto a sí mismo y de la satisfacción interior; pasan bajo una luz sencilla y apacible entre las vanidades, las ambiciones, las mentiras y las traiciones. Son sabios; no salen de la vida; permanecen en la realidad. No basta amar a Dios ni servirle lo mejor que se pueda, para que el alma humana se fortalezca y se tranquilice. No se llega a amar a Dios sino con la inteligencia y con los sentimientos que se han adquirido y desarrollado con el contacto de las personas. El alma humana sigue siendo profundamente humana a pesar de todo. Se puede enseñarle a amar muchas cosas invisibles; pero una virtud, un sentimiento completa y simplemente humano la alimentará siempre más eficazmente que la pasión o la virtud más divinas. Cuando encontramos un alma en verdad tranquila y sana, estemos seguros de que debe su salud y su tranquilidad a virtudes humanas. Las llamas de todas las virtudes se albergan en el alma y en el corazón.

Tal vez se necesiten, en una hermosa vida, menos horas heroicas que semanas graves, uniformes y puras. Quizás una alma recta y absolutamente pura sea más preciosa que una alma tierna y abnegada. Si de ella se debe esperar un poco menos de abandono, un poco menos de entusiasmo en las aventuras excesivas de la existencia, se puede descansar en ella con más confianza y más certeza en las circunstancias ordinarias, ¿y qué persona, por extraña, por agitada, por gloriosa que sea su vida, no la pasa casi toda en circunstancias ordinarias?.

Hay que volver siempre a la vida normal; allí es donde se encuentra el suelo firme y la roca primitiva. Exige una fuerza más constante, no dejarse nunca tentar por un pensamiento inferior, y llevar una vida menos altiva, pero más igualmente segura. Nuestro deseo de perfección moral al nivel de la verdad cotidiana, para reconocer que más fácil es hacer por momentos un gran bien que no hacer nunca el menor mal, hacer sonreír algunas veces que no hacer llorar nunca.

En la vida, muchas felicidades, muchas desgracias sólo son debidas al azar; pero la paz interior no depende nunca de él. Para el instinto del alma, las vivencias y sus resultados siempre son útiles... Pensamientos, afectos, dolores, convicciones, decepciones, aún las dudas, todo les sirve, y lo que la tempestad destroza al arrancarlo, se hace más fácil de manejar para reconstruir algo más lejos un edificio menos orgulloso pero más apropiado para las exigencias de la vida.

Ocurre con las raíces de la felicidad interna lo que con las de los grandes árboles: las que más azota la tempestad son las que más a menudo acaban por tener más poderosas y más nutritivas raíces en el suelo eterno; y el destino que nos sacude injustamente sabe tanto de lo que ocurre en el alma como puede saber el viento de lo que sucede bajo tierra.

lunes, 9 de abril de 2007

El Alma, escenario del Destino

En el conjunto de las vivencias cotidianas, no es el destino, sino el alma la que debe tener elevación. Aquel para quien tales cosas representan el destino de un ser, no tiene la menor idea de lo que es un destino. ¿Por qué desdeñar el hoy?. Desdeñar el hoy es demostrar que no se ha comprendido el ayer. El hoy tiene sobre el ayer, que ya no es, la ventaja de existir y de estar hecho para nosotros. El hoy, cualquiera que sea, sabe más largo que el ayer, y por consecuencia es más vasto y más bello.

¿No puede un destino ser hermoso y completo por sí mismo?. Una alma verdaderamente fuerte que dirige una mirada hacia atrás, ¿se detendrá en los triunfos de que fue objeto, si tales triunfos no sirvieron para hacerla reflexionar acerca de la vida, para aumentar en ella la noble humildad de la existencia humana, para hacerla amar mucho más el silencio y la meditación en los que se recogen los frutos madurados en algunas horas al calor de las pasiones que la gloria, el amor, el entusiasmo ponen en efervescencia?. Al final de esas fiestas y de esas acciones heroicas, benéficas o armoniosas, ¿qué le quedará fuera de algunos pensamientos, de algunos recuerdos, de algún aumento de conciencia, en una palabra, y un sentimiento más tranquilo, más extenso también de la situación del humano sobre esta tierra?.

En el momento en que los deslumbradores ropajes del amor, del poder o de la gloria, caigan en torno nuestro para la hora del descanso. ¿Qué nos llevamos al retiro en donde la felicidad de cualquier vida acaba por pesarse por el peso del pensamiento, por el peso de la confianza adquirida, por el peso de la conciencia?. ¿Se encuentra nuestro verdadero destino en lo que ocurre en torno nuestro o en lo que vive en nuestra alma?. Por potentes que sean los rayos de la gloria o del poder de que disfruta una persona, su alma no tarda en justipreciar los sentimientos que le proporciona cualquier acción exterior, y se da pronto cuenta de su verdadera nulidad, al no encontrar nada cambiado, nada nuevo, nada más grande en el ejercicio de sus facultades físicas. La felicidad depende de las impresiones personales que se experimentan y de las cuales se mantiene una memoria, ya que las almas de las que aquí hablamos no conservan recuerdo de todas las aventuras de su vida, sino de las que las hicieron un poco más grandes, un poco mejores.

Si un hermoso destino exterior no es indispensable, se necesita, sin embargo, esperarlo y hacer lo que se pueda para obtenerlo, como si se le concediera la mayor importancia. El gran deber del pensador es llamar a todos los templos, a todas las moradas de la gloria, de la actividad, de la dicha, del amor. Si nada se abre después de un serio esfuerzo, tras una larga espera, quizá haya encontrado en el esfuerzo y en la espera misma el equivalente de la claridad y de las emociones que buscaba. Actuar es anexar a nuestra reflexión campos de experiencia más amplios. Obrar es pensar más pronto y más completamente de lo que el pensamiento puede hacerlo. Actuar, no es pensar ya sólo con el cerebro, es hacer pensar a todo el ser. Obrar, es cerrar en el sueño, para abrirlas en la realidad, las fuentes más profundas del pensamiento. Pero no es necesariamente triunfar. Actuar, es también ensayar, esperar, tener paciencia. Obrar, es también escuchar, recogerse, callarse.

El esfuerzo y el recuerdo de las acciones son fuerza viva y preciosa porque el esfuerzo que hacemos y el recuerdo de lo que hemos hecho, transforman en nosotros, muchas veces, más cosas que el pensamiento más alto que, moral e intelectualmente, valdría mil esfuerzos o recuerdos de esos. Sí, y esto es lo único que debería envidiarse de un destino agitado y brillante; a saber, que extiende y despierta cierto número de sentimientos y de energías que jamás habrían salido de su sueño o del encierro de una existencia demasiado apacible.

lunes, 26 de marzo de 2007

El Destino, fruto de la Actitud

¿Para qué afligirse mucho tiempo de los errores o de las pérdidas?. Suceda lo que suceda, en los últimos minutos de la hora más triste, al fin de la semana, al cabo del año, siempre tendrá tiempo de sonreír la persona de buena fe, cuando se recoja en sí misma. Aprende poco a poco a apesadumbrarse sin lágrimas. Los beneficios de inspeccionarnos a nosotros mismos, se encuentran menos en el examen de lo que nuestra alma, nuestro espíritu, nuestro corazón han emprendido o consumado durante nuestra ausencia, que en esa inspección misma.

No hay días mediocres sino en nosotros mismos; pero siempre habría lugar para el destino más alto en los días más mediocres, porque tal felicidad se desarrolla mucho más completamente en nosotros. El lugar de un destino, no lo es la extensión de un imperio, sino la extensión de un alma. Nuestro verdadero destino se encuentra en nuestra concepción de la vida, en el equilibrio que acaba por establecerse entre las cuestiones insolubles del cielo y las respuestas inciertas de nuestra alma.

No hables del destino mientras un acontecimiento te alegre o te entristezca sin cambiar nada la manera con que admites al universo. Lo único que nos queda después del paso del amor, de la gloria, de todas las aventuras, de todas las pasiones humanas, es un sentimiento cada vez más profundo del infinito; y si no nos ha quedado éste, no nos ha quedado nada. Hablo de un sentimiento, no sólo de un conjunto de pensamientos, porque, en esto, los pensamientos no son más que innumerables peldaños que nos conducen poco a poco hasta el sentimiento de que hablo. Ninguna felicidad hay en la felicidad misma, mientras no nos ayude a pensar en otra cosa; mientras no nos ayude a comprender en cierto modo, la alegría misteriosa que experimenta el universo en existir.

Llevado a determinada altura, cualquier acontecimiento tranquilizará al sabio, porque el acontecimiento que lo aflije primero según los hombres, acaba, lo mismo que los demás acontecimientos, por agregar su peso al gran sentimiento de la vida. Es muy difícil arrebatar una satisfacción a quien ha aprendido a transformarlo todo en motivo de asombro desinteresado; es muy difícil quitarle una satisfacción, sin que de la idea misma de que no necesita de tal satisfacción, no nazca inmediatamente un pensamiento más alto que lo envuelve en una luz protectora. Un destino hermoso es aquel en que ninguna aventura, dichosa o desgraciada, ha pasado sin hacernos reflexionar, sin ensanchar la esfera en que se mueve nuestra alma, sin aumentar la tranquilidad de nuestra adhesión a la vida. Podemos, pues, decir que nuestro destino se encuentra mucho más realmente en la manera con que somos capaces de mirar una noche al cielo y sus estrellas indiferentes, a las personas que nos rodean, a la mujer que nos ama y los mil pensamientos que se agitan en nosotros, que en el accidente que nos arrebata nuestro amor, que nos prepara una entrada triunfal o nos eleva a un trono.

lunes, 12 de marzo de 2007

Aprendizaje en la Felicidad

Nada se opone tanto a la sabiduría del pensador como una prudencia débil; valdría más agitarse inútilmente en torno de una felicidad cualquiera, que esperar, durmiendo al calor del hogar, una felicidad ideal que no llegará nunca. Sobre el techo del que no sale de su casa no bajan sino las alegrías que nadie ha querido. No llamemos, pues, sabio a quien en el dominio de los sentimientos no va más allá de lo que la razón le permite, o de lo que la experiencia le aconseja que espere. No llamemos, pues, sabio, al amigo que no se entrega a su amigo porque prevé la terminación de la amistad, o al amante que no se da por completo, por miedo a aniquilarse en el amor.

Las aventuras desgraciadas no nos quitan más que las partes perecederas de nuestra energía de la felicidad, y se puede confesar que toda sabiduría sólo es una especie de energía purificada de la felicidad. Ser sabio es, ante todo, aprender a ser feliz, para aprender al mismo tiempo a conceder una importancia cada vez menor a lo que la felicidad es en sí misma. Importa que el ser humano sea, tanto tiempo como sea posible, tan feliz como pueda; porque los que salen al fin de sí mismos por la puerta de la felicidad, son mil veces más libres que los que salen por la de la tristeza. La alegría del sabio ilumina a la vez su corazón y toda su alma, en tanto que muy a menudo, la tristeza sólo ilumina el corazón.

En la felicidad se encuentra una humildad más profunda y más noble, más pura y mucho más extensa que la que se encuentra en la desgracia. Hay una humildad que debe colocarse entre las virtudes parásitas, con la abnegación estéril, con el pudor, con la castidad arbitraria, la ciega renunciación, la sumisión oscura, el espíritu de penitencia y muchas otras, que durante tanto tiempo desviaron en provecho de un charco estancado, en torno del cual vagan aún nuestros recuerdos, las aguas vivas de la moral humana. Tal humildad, aunque sea sincera, quita a nuestra lealtad íntima, que se necesita respetar siempre por encima de todo, lo que puede agregar a la dulzura de nuestra actitud en la vida. En todo caso, revela cierta timidez de conciencia, y la conciencia del sabio no debe tener ningún pudor, ninguna timidez.

Junto a esa humildad demasiado personal existe una humildad general, una humildad elevada y firme que se alimenta de todo lo que aprenden nuestro espíritu, nuestra alma y nuestro corazón. Una humildad que nos muestra exactamente lo que el ser humano puede esperar; una humildad que no nos rebaja sino para engrandecer cuanto vemos; una humildad que nos enseña que la importancia del ser no reside en lo que es sino en lo que puede percibir, en lo que trata de admitir y de comprender. El dolor nos abre también el dominio de esa humildad, pero no lo hace sino para conducirnos demasiado directamente a no sé qué puerta de la esperanza, en cuyo dintel perdemos muchos días; en tanto que la felicidad, no teniendo otra cosa que hacer al cabo de algunas horas, nos hace recorrer en silencio sus senderos inaccesibles.

Cuando el sabio es lo más feliz posible, es cuando se hace también lo menos exigente, lo menos orgulloso que se puede hacer. Cuando sabe que posee por fin todo lo que al humano le es permitido poseer, empieza también a comprender que lo que constituye el valor de cuanto posee no se encuentra más que en la manera con que considera lo que el humano no podrá poseer nunca. De ahí que sólo en el seno de una felicidad prolongada se adquiera una idea independiente de la vida. No hay que ser feliz para ser feliz, sino para aprender a ver claramente lo que nos ocultaría siempre la espera inútil y demasiado pasiva de la felicidad.

lunes, 26 de febrero de 2007

El Alma, anfitriona del Tiempo

La sabiduría que renuncia con demasiada facilidad a alguna esperanza humana es incompleta y enfermiza. Cada persona tiene más de un deseo legítimo al que nada importa la aprobación de una razón severa. Pero no hay que creerse desgraciado porque no se posea más que una felicidad que no parezca extraordinaria a quienes nos rodean. Mientras más sabio se es, menos trabajo cuesta persuadirse de que se posee una felicidad. Conviene convencerse de que lo más envidiable de una felicidad humana son sus momentos más sencillos. El sabio aprende a animar y a amar la sustancia silenciosa de la vida. No hay alegría fiel más que en esa sustancia silenciosa, y nunca son las dichas extraordinarias las que se atreven a acompañar nuestros pasos hasta la tumba.

Importa acoger y abrazar tan fraternalmente como a los demás, al día que se acerca y se aleja sin hacer un gesto no acostumbrado de alegría o de esperanza. Para llegar hasta nosotros ha recorrido los mismos espacios y los mismos universos que el día que nos encuentra sobre un trono o en el lecho de un gran amor. Tal vez esconda bajo su manto horas menos brillantes, pero más humildemente abnegadas. Cuéntase el mismo número de minutos eternos en una semana que transcurre sin decir nada, como en la que avanza dando grandes gritos. En el fondo, todo lo que parece decirnos una hora, nosotros mismos somos quienes nos lo decimos. La hora es una viajera vacilante y tímida, que se alegra o se entristece según la sonrisa o la mirada taciturna del huésped que la recibe. No es ella la que debe traernos la felicidad, nosotros somos los encargados de hacer dichosa la hora que viene a buscar refugio en nuestra alma. Sabio es aquel quien tiene siempre algo apacible que desearle a la entrada.

Hay que acumular en uno mismo las causas de la felicidad más sencillas. Por tanto, no despreciemos ninguna ocasión de ser dichosos. Tratemos de experimentar primero la felicidad según lo humano, para preferirle después, con conocimiento de causa, la felicidad según nosotros mismos. Ocurre con esto como en el amor. Se necesita haber amado profundamente para saber de qué modo se necesitaría amar cuando ya no se ama. Conviene ser feliz por momentos, de manera visible, para aprender a ser feliz de manera invisible; y acaso no sea necesario prestar oído a las horas que hablan alto en su embriaguez, sino para aprender poco a poco el lenguaje de las que no hablan nunca más que en voz baja. Sólo éstas son numerosas, inagotables, incapaces de traicionar o de huir, a causa de su número, y el sabio sólo debería contar con ellas. Ser feliz es ejercitarse en ver la sonrisa oculta y los adornos misteriosos de las horas incalculables y anónimas, y esos adornos sólo se encuentran en nosotros mismos.

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En el reino de nuestro corazón, que es, para casi todos los humanos, el reino en el cual se cosecha la sustancia misma de la vida, no hay economías inútiles. Sería preferible no hacer nada en él a hacer las cosas a medias, y siempre es lo que no nos hemos atrevido a arriesgar lo que perdemos seguramente. Una pasión no nos quita, en realidad, sino lo que creemos robarle, y nosotros menguamos siempre en la parte que pensamos haber reservado para nosotros mismos. Hay, además, en nuestra alma, retiros tan profundos que sólo el amor se atreve a bajar sus peldaños, y el amor también es el que nos trae de ellos joyas imprevistas, cuyo brillo sólo percibimos en el breve instante en que se abren nuestras manos para ofrecérselos a manos bienamadas.

lunes, 12 de febrero de 2007

La Escalera de los Días

El pensador, el sabio, debe vivir en medio de todas las pasiones humanas. Las pasiones de nuestro corazón son los únicos alimentos con que la sabiduría puede nutrirse mucho tiempo sin peligro. Nuestras pasiones son los obreros que la naturaleza nos envía para ayudarnos a construir el palacio de nuestra conciencia; es decir, de nuestra felicidad; y el ser que no acepta a esos obreros y cree poder levantar solo todas las piedras de la existencia, no tendrá nunca, para abrigar su alma, más que una celda estrecha, fría y desnuda.

Ser sabio no significa no tener pasiones, sino aprender a purificar las que se tienen. Todo depende de la posición que se toma en la escalera de los días. Para uno, los desalientos y las enfermedades morales son peldaños que se bajan; para otro, representan escalones que se suben. Las pasiones del sabio acaban por iluminar algún punto perdido de su existencia. Y no es la sabiduría, sino el orgullo en su forma más inútil, lo que prospera en la inmovilidad y en el vacío. Es preciso buscar la flor que debe abrirse en el silencio que sigue a la tempestad, no antes.

Mientras más se avanza de buena fe en los senderos de la existencia, más se cree en la verdad, en la hermosura y en la profundidad de las leyes más humildes y cotidianas de la vida. Se aprende a admirarlas, precisamente porque son tan generales, tan uniformes, tan cotidianas. Se busca y se espera cada vez menos lo extraordinario, porque no se tarda en reconocer que lo más extraordinario que hay en el vasto movimiento apacible y monótono de la naturaleza, son las exigencias infantiles de nuestra ignorancia y nuestra vanidad. Ya no se piden a las horas que pasan, acontecimientos extraños y maravillosos; porque los acontecimientos maravillosos no ocurren sino a quienes no tienen aún confianza en sí mismos o en la vida. Ya no se espera la oportunidad de un acto sobrehumano, porque se siente que existen en todos los actos humanos. Ya no se pide que el amor, ni la amistad, ni la muerte, se nos presenten ataviados con adornos imaginarios, rodeados de coincidencias y presagios prodigiosos: se sabe acogerlos con su sencillez y su desnudez reales. Se convence uno de que se puede encontrar el equivalente del heroísmo, lo sublime y lo excepcional, en una existencia valiente, completamente aceptada; aumenta uno su conciencia e ilumina su sonrisa y su serenidad, con todo lo que se quita al orgullo.

La buena y sana lealtad de una sabiduría humana y sincera no piensa en elevarse por encima de las personas para experimentar lo que ellas no experimentan, sino que sabe encontrar, en lo que todos experimentarán siempre, lo necesario para ensanchar el corazón y el pensamiento. No es queriendo una cosa distinta de una persona como se llega a ser un ser humano verdadero. El deseo de lo extraordinario es a menudo la gran enfermedad de las almas vulgares. Mientras más normal, general y uniforme nos parece lo que nos sucede, más logramos discernir y amar las profundidades y los goces de la vida en esa generalidad misma, y más nos acercamos a la tranquilidad y a la verdad de la gran fuerza que nos anima.

No hay en el ser humano un pensamiento, un sentimiento, un acto de hermosura o de grandeza que no se pueda afirmar en la sencillez de la existencia más normal; y cuanto no encuentra un lugar en ella, pertenece todavía a las mentiras de la pereza, de la ignorancia o de la vanidad.

lunes, 29 de enero de 2007

La Magia de lo Ordinario

Un gran hecho histórico absorbe nuestra mirada en el hecho mismo; pero palabras y movimientos insignificantes atraen nuestra atención sobre el horizonte que los rodea. ¿Y acaso no se encuentra siempre en el horizonte el punto luminoso de la sabiduría humana?. Viendo las cosas según el sentimiento y la razón de la naturaleza, la mediocridad general de tales vidas no sería verdaderamente mediocre por el hecho de ser tan general.

Nunca conocemos un alma sino hasta la altura en la que conocemos la nuestra; y no hay un ser, por pequeño que parezca de pronto, que no emerja de la sombra a medida que disminuye la sombra en que nos hallamos. No es lo visible lo que se necesita engrandecer para amarlo; es lo que no se ama lo que se necesita iluminar levantando la llama hasta que llegue al nivel del amor. Que salga todos los días un rayo de luz de nuestra alma, es cuanto debemos desear. No importa a donde vaya a posarse. No hay objeto sobre el cual caigan una mirada o un pensamiento, que no contenga más tesoros de los que ellos puedan iluminar; no hay la menor cosa, que no sea mucho más vasta que toda la claridad que un alma pueda prestarle.

¿No es en los destinos ordinarios en los cuales, exento de multitud de detalles que enervan la atención, se encuentra lo esencial de los destinos humanos?. La última palabra no la dirá nunca lo excepcional, y lo que se llama sublime no debería ser sino una conciencia más lúcida y más penetrante de lo más normal que haya. Mientras más discreta es la recompensa, es más deseable; no porque agrade gozar en secreto de los favores de la felicidad; pero las alegrías que así nos concede, sin anunciarlas a los demás, son quizá las únicas que no haya robado a la parte de nuestros hermanos.

Una vida no es grande ni pequeña en sí misma; se la mira con más o menos grandeza, y una existencia que aparece alta y vasta para todos los hombres, es una existencia que ha adquirido la costumbre de dirigir una extensa mirada sobre sí misma. Si nunca te miras vivir, vivirás por fuerza de una manera estrecha; pero quien te mire vivir así, encontrará, en la mediocridad misma del ángulo en que te agitas, una especie de elemento de horizonte, un punto de apoyo más firme, desde donde su pensamiento se elevará con fuerza más humana y más segura.

Sólo Dios está en el secreto de la energía que nos cuestan los triunfos alcanzados actualmente sobre los hombres, sobre las cosas y sobre nosotros mismos. Si no siempre sabemos a donde vamos, en cambio conocemos bien las fatigas del viaje. El ser humano necesita experimentar ciertas pasiones para desarrollar en él cualidades que dan a su vida nobleza, que extienden su círculo y adormecen el egoísmo natural en todas las criaturas.

No se debe amar siempre la luz por ella misma, sino por lo que ilumina. En las vidas humildes es donde las grandes ven mejor su sustancia, y mirando sentimientos estrechos es como acabamos por ensanchar los nuestros porque parecen estar cada vez menos en armonía con la grandeza de la verdad que nos penetra. Es permitido soñar en una vida mejor que la vida ordinaria, con elementos que no se encuentran en la existencia cotidiana, pero acaso sea mejor todavía, acostumbrar al alma a mirar derecho frente a ella y a no contar, para colocar por fin en ella sus deseos y sus ilusiones, con más cimas que las que se destacan claramente de las nubes que iluminan el horizonte.

lunes, 15 de enero de 2007

Las bendiciones de la Verdad

El bien, lo mismo que el mal, tiene sus derrotas y sus decepciones. Pero las derrotas y las decepciones del bien, en lugar de oscurecer y entristecer el pensamiento, lo iluminan y lo tranquilizan. Un acto de virtud puede caer en el vacío; pero entonces nos enseña a medir las profundidades del alma y de la vida. Esas derrotas deberían bendecirse.

La inutilidad de un acto de bondad, la aparente ineficacia de un pensamiento elevado o simplemente leal, lanza sobre una multitud de cosas un rayo de luz de distinta naturaleza que el que podría proyectar sobre ellas toda la utilidad del bien. No cabe duda que causaría una gran alegría comprobar el triunfo invariable del amor; pero hay mayor alegría en ir hasta la verdad a través de esa ilusión. Sin embargo, el ser humano, en el transcurso de su historia, ha depositado con demasiada frecuencia su dignidad en los errores, y la verdad le ha parecido de pronto una disminución de sí mismo. La verdad no vale siempre lo que la ilusión, pero en su favor tiene el ser verdadera. En el dominio del pensamiento nada hay tan moral como la verdad.

Ninguna verdad es amarga para el pensador. Pero hoy aprende a preferir que no sea así, y no por las satisfacciones que en ello recoge su orgullo. Entonces, no cultiva ya la pasión de justicia que encuentra en su alma por los frutos espirituales que produce, sino por respeto a todo lo que existe, y por las flores inesperadas que puede hacer nacer en su inteligencia. No maldice al ingrato; no maldice ni aún a la ingratitud. La ingratitud le enseña que hay en el beneficio alegrías más espaciosas, menos personales y más conformes con la vida general que las que él esperaba del agradecimiento. Prefiere tratar de comprender lo que es, a esforzarse en creer lo que desea. En tal caso, el sabio sabe admirar lo que contradice su deseo, ensanchando su visión. Todo lo que existe consuela y fortalece al sabio, porque la sabiduría consiste en investigar y en admitir cuanto existe.

La sabiduría se interesa por la vida más que por la justicia o por la virtud; y si acontece que una gran virtud demasiado abstracta se encuentra en presencia de una vida que no se agita más que entre estrechos muros, la sabiduría preferirá inclinar su atención del lado de la humilde vida que del lado de la gran virtud inmóvil, orgullosa y solitaria.

Sobre todo, no desprecia nada; sólo hay una cosa en el mundo que es completamente despreciable y es el desprecio mismo. Los que piensan, tienden, con demasiada frecuencia, a despreciar a aquellos que pasan por la vida sin pensar. Cierto: el pensamiento tiene gran importancia, y ante todo debe tratarse de pensar tanto como sea posible y lo mejor que se pueda; pero hay alguna exageración en creer que poca más o poca menos aptitud en manejar cierto número de ideas generales ponga una barrera definitiva entre dos personas. En última instancia, entre el más grande de los pensadores y el más insignificante personaje de provincia, no hay, a menudo, sino la diferencia entre una verdad que encuentra de momento su fórmula y una verdad que no se formula jamás de manera apreciable.

Hay momentos en que el sabio reconoce la vanidad de sus tesoros espirituales; en que se da cuenta de que apenas lo separan de los demás hombres, algunas costumbres, algunas palabras, y en que duda del valor de esas palabras. Son los instantes más fecundos de la sabiduría. Pensar es a menudo equivocarse, y el pensador que se extravía necesita con frecuencia, para encontrar su camino, volver al lugar en donde se quedaron fielmente sentados, en torno a una verdad silenciosa, pero necesaria, los que casi no piensan.

Se sabe exactamente lo que la fuerza inerte debe al pensador, pero no se tiene en cuenta lo que el pensador debe a la fuerza de la inercia. En realidad, el pensador sólo sigue pensando con acierto si no pierde nunca el contacto con los que no piensan. Es fácil desdeñar; menos fácil es comprender y, sin embargo, para el verdadero sabio no hay desdén que no acabe tarde o temprano en convertirse en comprensión. Todo pensamiento que pasa con desdén por encima del gran grupo mudo; todo pensamiento que no reconoce a mil hermanas, a mil hermanos dormidos en ese grupo, no es, en muchas ocasiones, más que un sueño nefasto o estéril.

lunes, 18 de diciembre de 2006

Felicidad Interior: Juez de nuestros actos

Quien ejerce el amor, pese a las desdichas, las injusticias y los desengaños, sigue siendo amante, tierno y dulce en sus lágrimas; y esto hace ser más feliz que el ser duro, egoísta y rencoroso en sus sonrisas. Triste es amar sin ser amado, pero más triste es todavía no amar de ningún modo.

Quien sufre injustamente se crea en el sufrimiento un horizonte que se extiende hasta tocar los goces del espíritu superior. La injusticia que cometemos no tarda en reducirnos a los pequeños placeres materiales, y a medida que los disfrutamos, envidiamos de nuestra víctima la facultad de disfrutar cada vez más vivamente de todo lo que no podemos quitarle, de todo lo que no podemos alcanzar, de todo lo que no toca directamente a la materia. Un acto de injusticia abre para la víctima de par en par la puerta misma que el verdugo se cierra sobre su alma; y la persona que sufre entonces, respira un aire más puro que la persona que hace sufrir. Hay cien veces más claridad en el fondo del corazón de los que son perseguidos que en el fondo del corazón de los que persiguen. ¿Y acaso no depende toda la salud de la dicha, de cierta claridad que tenemos en nosotros?. El ser humano que imparte el dolor apaga en sí mismo más felicidad de la que puede extinguir en aquel a quien abruma.

Nuestro instinto de la felicidad no ignora que es imposible que quien tiene razón moralmente no sea más dichoso que quien hace mal, aunque lo haga desde lo alto de un trono. No se respira con más libertad en la inconciencia que en la conciencia del mal. Por el contrario: quien sabe que hace el mal desea a veces evadirse de su prisión; el otro muere dentro de ella, sin haber gozado siquiera con el pensamiento de todo lo que rodea los muros que le ocultan tristemente el verdadero destino de la especie.

Fuera del ser humano no hay justicia; pero en el ser humano jamás se comete injusticia. El cuerpo puede disfrutar de placeres mal habidos, pero el alma no conoce más satisfacciones que las que su virtud ha merecido. Nuestra felicidad interior está pesada por un juez interior al que nada puede corromper; porque tratar de corromperlo es quitarle algo más todavía a las últimas dichas verdaderas que iba a depositar en el platillo luminoso de la balanza.

Sólo debería hablarse de injusticia cuando un acto proporcione al agresor una felicidad interior, una paz, una elevación de pensamiento y de hábito análogas a las que la virtud, la meditación y el amor otorgan a los justos. Es verdad que se puede experimentar cierta satisfacción intelectual en hacer el mal. Pero el mal que se hace restringe por fuerza el pensamiento y lo reduce a cosas personales y efímeras. Cometiendo un acto injusto, demostramos que no hemos alcanzado aún la felicidad que la persona puede alcanzar. En última instancia, hay en el mal mismo cierta paz, cierta expansión de su ser que persigue el malvado. Puede creerse dichoso en la alegría que en él encuentra.

La felicidad que sacamos de lo que creemos, es decir, la certidumbre de la vida, la paz y la confianza de la existencia interior, el asentimiento, no resignado, sino activo, interrogador y filial a la leyes de la naturaleza, ¿no depende más de la manera con que se cree, que de lo que se cree?. Yo seré más feliz que ustedes y mi certidumbre será más grande, más profunda y más noble que su fe, si ha interrogado más íntimamente a mi alma, si ha explorado un horizonte más extenso, si ha amado mayor número de cosas. Creer, no creer, eso carece de importancia; lo que la tiene es la lealtad, la extensión, el desinterés y la profundidad de las razones por las que se cree o por las que no se cree.

Tales razones no se eligen; se merecen como recompensas. Las que escogemos no son sino esclavas compradas al azar, no se apegan a nada. Pero las que hemos merecido, alimentan nuestros pasos, pensativas y fieles. No se hacen entrar esas razones en una alma; es necesario que hayan vivido en ella durante mucho tiempo; es precioso que hayan pasado en ella su infancia, que en ella se hayan alimentado de todos nuestros pensamientos, de todas nuestras acciones; que encuentren en ella los mil recuerdos de una vida de sinceridad y de amor. A medida que crecen, a medida que se ensancha el horizonte de nuestra alma, se ensancha igualmente el horizonte de la felicidad; porque el espacio que ocupan nuestros sentimientos y nuestros pensamientos es el único en donde puede moverse nuestra felicidad.

Ese espacio se restringe todos los días en el mal, porque los pensamientos y los sentimientos se restringen en él. Pero el ser humano que se ha elevado un poco no hace ya el mal, porque no hay mal que no nazca de algún pensamiento estrecho o de un sentimiento mediocre. No hace ya el mal porque en sus pensamientos se han vuelto más altos y más puros, y sus pensamientos se vuelven más puros también porque no pueden hacer ya el mal.

La maldad debe pedir a veces un rayo de luz a la bondad a fin de iluminar su triunfo. ¿Podrá el humano sonreír en el odio sin buscar su sonrisa en el amor?. Pero tal sonrisa será muy efímera. Es esto no hay justicia interior. El individuo que va a rebuscar su felicidad en el mal, afirma con esto mismo que no es tan feliz. Sin embargo, persigue el mismo fin que el justo. Busca la felicidad.

Hacemos mal en querer una justicia exterior, puesto que no la hay. La que está en nosotros debe bastarnos. Todo se pesa y se juzga sin cesar dentro de nuestro ser. Nos juzgamos a nosotros mismos, o más bien nuestra felicidad nos juzga.

lunes, 4 de diciembre de 2006

La Justicia nacida de la Verdad

En este mundo, el mal se acarrea su castigo con más seguridad de que la virtud vea su recompensa. El crimen tiene la costumbre de castigarse a sí mismo en medio de grandes voces, mientras que la virtud se recompensa en el silencio, el jardín cerrado de su felicidad. El mal trae catástrofes ruidosas, pero un acto de virtud es sólo un sacrificio mudo a las leyes más profundas de la existencia humana.

Habrá siempre algunas víctimas de una injusticia irremediable, y si ésta nos entristece, nos enseña también, al menos, a agregar a una sabiduría más real, más humana y más altiva, lo que quitamos a una sabiduría demasiado mística.

No llegamos a ser verdaderamente justos sino desde el día en que nos vemos reducidos a buscar en nosotros mismos el modelo de la justicia. La injusticia del destino vuelve a colocar al ser humano en su lugar, en su naturaleza. Pero no creo que el desaliento moral deba nacer de tales desengaños. Una verdad, por desalentadora que parezca, transforma el valor de quienes saben aceptarla. En todo caso, una verdad desalentadora, por el hecho mismo de ser una verdad, vale más que la mentira más hermosa que aliente. Pero no hay verdad desalentadora; hay, por el contrario, valores que no son verdaderos. Lo que quebranta a los débiles es lo que vigoriza a los fuertes.

No siempre es fácil sonreír a la llegada de las vivencias sombrías, pero es posible hallar en la vida algo que no nos domine sin entristecernos. A medida que el pensamiento y el corazón se ensanchan, hablan con menos frecuencia de injusticia. En este mundo todo está bien con relación a nosotros, puesto que somos los frutos de este mundo.

Han llegado los tiempos en que el ser humano necesita aprender a colocar en otro sitio que no sea en sí mismo, el centro de su orgullo y de sus alegrías. Mientras se abren nuestros ojos, nos sentimos dominados por una fuerza cada vez más enorme, pero al mismo tiempo adquirimos la certidumbre cada vez más íntima de formar parte de esa fuerza, y hasta cuando nos hiere, podemos admirarla.

Después de la conciencia de nuestro poder, uno de los privilegios más altos del ser humano es adquirir el conocimiento de su impotencia, por lo menos como individuo. De la desproporción misma entre el infinito que nos mata, y esa insignificancia que somos, nace el sentimiento de cierta grandeza en nosotros: nos gusta más ser destruidos por una montaña que por un ladrillo; en la guerra, preferimos sucumbir en una lucha contra mil y no contra uno. La inteligencia, al mostrarnos la inmensidad de nuestra impotencia, nos quita el dolor de nuestra derrota.

Hay momentos en los cuales lo que nos vence parece tocarnos de más cerca que la parte misma de nosotros que sucumbe. Nada muda más fácilmente de casa que el amor propio, porque un instinto nos advierte que nada nos pertenece menos que él.

Si la naturaleza se volviera menos indiferente, no nos parecería ya bastante vasta. Nuestro sentimiento de lo infinito necesita de todo su infinito, de toda su indiferencia, para moverse a sus anchas, y hay algo en nuestra alma que preferirá siempre llorar en un mundo de límites, a ser constantemente feliz en un mundo estrecho. Ninguna grandeza, ya esté en la naturaleza o en el fondo de su corazón, se pierde para el sabio.